Las miserias del maratón

Las probabilidades de triunfar en el maratón son las que son. Nada asegura el cumplimiento de la expectativa. Todo lo hacemos para brillar pero el tono mate muchas veces nos deja sin aliento. Ahí está la belleza, la autenticidad del esfuerzo, lo que nunca nos debe faltar. Aquí os dejo la crónica de la maratón de Valencia del 2008, una carrera que coincidió con el campeonato de España de la especialidad.

LAS MISERIAS DEL MARATÓN

El título se me iba ocurriendo allá por el kilómetro 25 cuando mi amigo Jorge, montado en bici,  me decía con mucho sentido común: – no importa que decrezca tu ritmo, no importa que pares-  pero nunca abandonar fue considerado como una opción.

No era la primera vez. Queda lejano, mi madre se encargó de recordarme cuando en el maratón del año 94 pasé la noche previa a la carrera en vigilia por trabajo. El fracaso se consumó  esa vez a falta de 7 kilómetros para la meta.  Sacar enseñanzas para ver en qué he fallado. Quizá faltaron más tiradas largas, de las de más de dos horas, quizá más musculación y gimnasio. Quizá más masajes o quizá algo de descanso… El éxito se mide por el resultado. Buscamos  la eficiencia en todo lo que hacemos y al enfrentarnos al maratón nos maltrata la mayoría de las veces…En eso radica su encanto.

Mi despertador suena. Son las seis de la mañana. Es de noche, me asomo a la ventana para intuir el ligero movimiento de las hojas del eucalipto cercano. Cielo ennegrecido por nubes amenazantes cargadas de lluvia y la ausencia de viento era un regalo.

Me dispongo rápidamente a tomar el ceremonioso café cargado y conseguir el efecto diurético previsto. A partir de las siete la ingesta de líquidos finaliza. Hago tiempo leyendo, oyendo música y evadiéndome de todo por un rato. Justo antes he decidido qué par de zapatillas utilizaré de las tres que traje. Acudimos en coche con tiempo suficiente para hacer frente al caos circulatorio que lógicamente se forma cuando son 4.000 los participantes.

Salgo en tercera fila y enseguida cojo el ritmo adecuado de 3.40 por kilómetro. En el kilómetro 6 me empiezo a encontrar tosco, me estoy desembarazando del sobrante de glucógeno almacenado en los últimos cuatro días. En el 10 pasamos de nuevo por la salida y suena por unos grandes altavoces la canción de “Hombres G” de los polvos “pica pica” por aquello de lo de Sufre Mamón, qué coña tienen los organizadores.

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Todo va aparentemente bien, mi amigo Jorge está en bici a mi lado y va animando al grupo, nos va cantando los parciales y nos hace sonreír por momentos. Son ocurrencias divertidas y como buen corredor sintoniza rápidamente con nuestros pensamientos. No le contestamos pero no reclama nuestra interacción porque sabe que su labor es la de entretenernos y que los kilómetros pasen más rápidos.

Llegamos a un túnel de 600 metros de longitud y donde antes eran gritos del público ahora impera el silencio más absoluto. Son las zapatillas contra el duro, rugoso y oscuro asfalto las que hablan. Jorge se dirige al grupo de diez corredores, hermanados por el destino de la forma física, se aprovecha de nuestra mudez y nos va diciendo que tenemos un gran estilo, que nos ve sueltos, con gestos tranquilos pero concentrados y serenos. Hace sus cálculos y pronósticos. Nos engaña y nos adula diciéndonos que merecemos estar todos en Pekín, en las olimpiadas. Nos sonreímos y mentalmente le damos las gracias.

Pasamos la media maratón en 1.17.45 y nos encaminamos hacia el Puente de las Flores que hace buen honor a su nombre. Es la ciudad de la luz y de la flor pero tardaré hoy poco en marchitarme. Llegamos al km 25, allí está Pilar la mujer de Jorge con su hijo Álvaro en brazos y Rocío en el carro. Saludo tímidamente a Álvaro, en unos años estoy seguro de que se invertirán los papeles.

De manera sorpresiva la gasolina se me acaba. Al igual que los autos de choque  cuando suena la sirena y se va la corriente que los mantiene con vida así me siento. Comprendo en un instante que sólo queda asirme al hilillo de energía que pugna por acabar de estirarse y quebrarse. Al igual que Luis Moya con Carlos Sainz me digo “Trata de arrancarlo…” pero es inútil. Desde fuera se debe de ver muy claro ya que Jorge me dice que intente acabar como sea. Es bueno conmigo y me trata con mimo para no quebrar mi ánimo. No nos hemos intercambiado ninguna palabra  sólo miradas.

Voy ahora 20 segundos por km más despacio y de ir en grupo paso a ir muy solo. Menos mal que está Jorge.

Pasamos por el kilómetro 32, estamos llegando al Oceanográfico y a la Ciudad de las Ciencias y de las Artes. El entorno es precioso pero no veo más allá de veinte metros de suelo en línea recta. Jorge con picardía va diciendo mi nombre en voz muy alta para que de esta forma los grupos de espectadores lo sepan y me animen por mi nombre.

Hemos llegado a las dos horas de carrera en el 32 y quedan los 10 últimos. Es una tortura y sólo pienso en el beneficio de esta pelea para  los 100 Kms del mes que viene. Pasan lentos, pero pasan. Los carteles señalando los puntos kilométricos tan fugaces al principio y que tanto se hacen de rogar ahora. Conozco la ciudad y sé cuantas calles quedan, sólo hay que bajar al río Turia y llegar a las pistas de atletismo. Los últimos 2 kilómetros son de rabia y de dolor. Llego al tartán azul y las personas  del estadio están aplaudiendo. Me parece un circo romano y todos están con el dedo señalando al cielo. No hay leones, si supieran mis miserias, si supieran el cómo no serían tan benévolos conmigo. En la alfombra azul  voy más rápido, no quiero que sospechen pero Jorge lo sabe todo, ha visto la película y no sólo la foto final.

Hoy la película no ha acabado con el happy end de la comedia romántica. Soy el actor y a la vez el frustrado director en busca de un mejor guión y sabedor de que todavía hay muchas películas por rodar. No haremos taquilla, pero hoy hemos rodado una excelente película de autor.

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