Los orígenes de mi correr

En el 2009 participé en mi última carrera de Cien Kilómetros. Fue entonces cuando se me ocurrió narrar, haciendo un ejercicio de memoria, el porqué de mi afición a correr y cómo habia llegado a convertirse en mi modus vivendi. Así como hay personas que teniendo una habilidad disfrutan al ejercerla así me siento cuando corro, y así se convierte en mi mejor manera de expresarme y de decirle al mundo que pueden contar conmigo.
El porqué de la satisfacción del acto de correr es, al final, una suma de experiencias que marcaron mi destino atlético. Hitos del pasado que recuerdo vivamente y que me ayudaron a plantearme que correr sería mi mejor divertimento y mi momento más dichoso de evasión y de sueños.
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Mi primera foto vestido con ropa deportiva data del año 1.976 aproximadamente, A mis 5 años iba disfrazado de futbolista. Tenía los muslos gordos y andaba muy desgarbado.

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Toda mi vida deportiva tiene su origen y es su causa en mi querido El Vedat de Valencia, único colegio de mi infancia y adolescencia (1977-1989).
Era el año 1.980 cuando mi padre, Antonio, me dio un sobre con una nota manuscrita (qué pena no conservarlo) dirigida a mi profesor. Recuerdo que pasé toda la noche intrigado con el contenido de la carta. D.Pedro, después de leer su contenido me dijo que a la hora del patio tendría que jugar al fútbol y me prohibía taxativamente dedicarme a holgazanear con los amigos en el rincón de la inactividad y del posible tabaco. Yo era un chico al que no le llamaba el deporte. Gracias a la iniciativa de mi padre encaucé, en esos momentos tan cruciales, el ocio hacia el ejercicio físico. Mis amigos percibieron un cambio y de alguna manera me dieron la espalda.
Al año siguiente se celebró una carrera de 1.500 metros campo a través utilizando el perímetro y la desigual orografía del colegio. Participábamos los 120 chavales de 3º de E.G.B. y aunque pensé que iba a ganar llegué  el vigésimo. No destacaba por mis cualidades atléticas. Era uno más pero me costaba reconocerlo porque me apasionaba el mundo de las carreras y pensaba que sólo con eso era suficiente. Todos los años se celebraba, en los primeros días de septiembre, la prueba de 600 metros en el mestallita,  la pista de atletismo de 300m de cuerda de arcilla dura de mi colegio.
En función de este resultado junto con los 50 metros y tres pruebas de gimnasio, a saber, abdominales en 60 segundos, salto con pies juntos y dominadas, se confeccionaban los grupos de trabajo para todo el año en educación física: los niveles A, B y C.
Todos los veranos los pasaba trabajando por mejorar mi tiempo en los 600 metros. Hacía muchos deportes: bicicleta, natación, fútbol, baloncesto, senderismo. Mucho contacto con la naturaleza y mucha curiosidad en la búsqueda de límites físicos. Recuerdo cómo quise saber lo que había detrás de esas montañas lejanas y cómo ir corriendo fue la mejor manera que encontré para averigurarlo deprisa y que mi madre no me echara en falta a la hora de la comida.
En mis primeros años escolares empecé en el nivel C. Mis resultados de fuerza y velocidad eran mediocres pero la carrera de 600 metros la preparaba a conciencia. Me llamaba poderosamente la atención esta distancia: sus dos vueltas y su combinación de potencia y esfuerzo mantenido. El primer resultado que recuerdo fueron 2.06 con 10 años, luego vendrían 1.52, 1.48, 1.44 y 1.38. El objetivo era ser el más rápido del curso.

Mis ídolos de entonces eran Sebastian Coe, José Manuel Abascal, Grete Waitz y más adelante Steve Cram y Said Aouita. Me parecía sobrecogedor el record del mundo de Coe de 800 metros establecido en 1.41.73 y quería acercarme a él, me imaginaba e intentaba emular los tiempos de paso. Confiaba en que el crecimiento corporal hiciese el resto.
Ya en el año 1.998, con 27 años, conseguí finalizar los 800 metros en 2.00.73 siendo el tiempo de paso por el 600 de 1.28. Si esa marca la hubiera hecho diez años antes hubiera supuesto el record de mi colegio. En mi colegio había grandes atletas y grandes profesores. La educación física era excelente y yo un privilegiado.
Tuve uno que me marcó. Con el paso de los años me he dado cuenta de que mi vida atlética está jalonada de Antonios. Por aquel entonces, septiembre de 1.980, D. Antonio Torró era el profesor de deporte ideal: entusiasta de la carrera a pié se venía con nosotros por los campos de naranjos que rodeaban el Vedat, en el término municipal de Torrente situado a 20 kilómetros de Valencia. Eran mis primeros trotes de largo recorrido más allá de la media hora y por lugares desconocidos. Recuerdo que el Torró corría el kilómetro en 2.48 y para mí era un ejemplo inalcanzable. Fue el que me confeccionó mi primer plan de entrenamiento para una Semana Santa que pasé en una finca rústica de 500 hectáreas en Albacete. Plan con ejercicios de gimnasia, carrera continua y series. Me recuerdo zapateando por el campo entre madrigueras de conejos y campos de cebada, cruzando por el barbecho y haciendo series alrededor de la era.
Observaba el plano cartográfico de la finca y me aventuraba a recorrerlo a pesar de la dificultad que tenía con 14 años para interpretar las curvas de nivel. Después de algunas colinas me perdí y tuve que orientarme gracias al contorno de las montañas más representativas. Fue el primer trote en el que recuerdo el interés que tenía en hacer un buen gesto técnico. Intentaba imitar a Steve Cram que por aquel entonces había rebajado el record del mundo de 1.500 metros dejándolo en 3.30. Grabado a fuego está en mi memoria el meeting de Oslo de agosto de 1.985 en el que se quedó a centésimas de batirlo de nuevo.
Al siguiente invierno me levantaba temprano y antes de ir al colegio me vestía de deporte enfrentándome al frío húmedo valenciano. Era consciente de la importancia de hacer algo más específico que la actividad física del colegio. El entrenamiento consistía en dar vueltas a mi manzana de edificios de unos 600 metros, cada vez más deprisa y  cada vez más vueltas. Pasaba un frío espantoso que se me metía en los huesos porque iba vestido con finas capas de algodón.
Conocí a un compañero de curso de mi hermano Enrique, un año mayor que yo, que compartía nuestros entrenamientos del equipo del colegio pero que estaba federado en el Valencia CF, equipo más importante de la época en la Comunidad Valenciana. Éste chico marcó claramente mi destino deportivo. Se llama Antonio Cózar, era muy despierto y algo altivo, con la altivez propia del que está muy seguro de su destreza pero por eso mismo nunca llegó a parecerme prepotente, simplemente corría mucho y me vería como un chaval ansioso de aprender a correr rápido, tanto como él. Tenía muchos conocimientos sobre entrenamientos y me aconsejó algún libro que me hizo comprender la importancia de la variedad y del trabajo de series. Coincidíamos en el entrenamiento semanal después de la jornada escolar, a las cinco de la tarde. En otoño  se nos hacía de noche entrenando y en la competición del domingo él triunfaba mientras que yo lo intentaba. La noche anterior difícilmente conseguía conciliar el sueño y dejaba en la silla de mi habitación la ropa que iba a usar al día siguiente y las zapatillas bien limpias entre sus patas. Siempre competía tenso y nervioso. Llegaba cansado a la línea de salida y sufría por no conseguir un puesto de honor. Muchas competiciones en los que predominaban la ansiedad y la frustración. La ilusión por verme vencedor hacía que pelease y entrenase más para conseguir una palmadita en la espalda de los más allegados. Intentaba atenuar ese desencanto cuando me levantaba en el oscuro, frío y húmedo invierno valenciano a las seis de la mañana para dar unas cuantas vueltas a mi bloque de edificios y soñar.
Otro profesor de deporte, D. Antonio Guillén, me hizo ver que no tenía condiciones para la práctica de la carrera. Era cierto, no conseguía correr rápido y todo lo que hacía era mejorar sólo a base de coraje y esfuerzo. He tenido la suerte de tener un profesorado excelente en Educación Física y gracias a ello a día de hoy sigo escribiéndolo con mayúsculas. En 1.986 se celebró la Semana Deportiva de mi colegio, una suerte de competiciones entre las clases de cada curso y en el que se ponderaba los resultados para dar una clase triunfadora de todo el colegio. Mi clase era patética: una colección simpática de gordos, desganados y apátridas. Perdíamos en todos los deportes. El último día una de las dos clases rivales del curso (había 3 clases por curso) estaba en disposición de ser la mejor del colegio. Su profesor tenía mucho empeño en que sus alumnos fueran los primeros. Mi misión era evidente, había que evitarlo a toda costa y mis compañeros me lanzaban miradas de ánimo y de traviesa complicidad. Sólo faltaba la carrera de 1.500 metros y lo único que podía impedirlo era mi victoria. Fue una carrera con mucha expectación y público, la sensación de que  todo el colegio estaba presente. Eran cinco vueltas de 300 metros y me esperé a la última para asestar el golpe definitivo. A falta de cien metros hice un gesto de alegría que mi hermano interpretó como de desprecio hacia los rivales y que posteriormente me recriminó. Terminé primero y el clamor de mis compañeros vengados resonó durante días en mi cabeza. Me alegré por demostrarle a D.Antonio que se equivocaba. Al llegar a clase, después de la ducha, de nuevo una ovación de mis compañeros agradecidos. Hoy en día mis antiguos compañeros del colegio ven lógico que siga corriendo, me gustaba muchísimo.
Fuimos a Gandia para participar en el Campeonato Autonómico de Atletismo Escolar y me seleccionaron para la prueba que nadie quería, la más larga, los 3.000 metros. Prefería hacer el 1.500 pero el profesor decidió (seguía sin confiar en mí, ya os he dicho que era muy sabio) que había otro compañero más brillante, se llamaba Raúl Folgado. Yo no era el más rápido, no era el más resistente y de hecho fui el último en la carrera que congregaba a los mejores de la comunidad, en la última vuelta me doblaron los primeros clasificados cuando disputaban su sprint final. Aun así fuimos campeones porque había grandes atletas en mi colegio, 1.500 alumnos de los que salían los que genéticamente corren, saltan y lanzan más que otros. Mi caso era diferente porque no tenía calidad innata, era intenso y esa intensidad hizo que lo siguiese intentando.
Entonces vi la película de Carros de fuego (1981). Nunca daré suficientes gracias al productor David Putnam por haberla realizado y al director Hugh Hudson por haberla plasmado de esa manera. Vi la necesidad del entrenamiento metódico para la consecución de metas. La primera escena de la película en esa fabulosa y amplia playa me sobrecogió ya para siempre.

Mis tíos-abuelos (Antonio, Carmen y Paquita) me regalaron un libro sobre la historia de las olimpiadas que ojeé hasta la saciedad. Infinidad de fotos que reflejaban el esfuerzo y la superación. De tanto leer y releer se desencuadernó y se perdieron algunas hojas pero todavía conservo este inspirador libro. Supongo que me lo regalarían porque verían mi ilusión por el deporte.
También en aquella temporada asistí a una charla-conferencia en la que el invitado era José Martínez Martínez un ultra-fondista que en 1.983 se le consideró un auténtico pirado. Recuerdo las miradas furtivas entre los asistentes haciendo comentarios en tono burlesco y no entendiendo el porqué de las hazañas que nos contaba. Tenía un aspecto moreno y reseco. Me impresionó su decisión y su manera de ver la vida. Nos contó su SPARTATHLON, carrera que discurría entre Esparta y Atenas, 245,3 kilómetros que había que recorrer como máximo en 36 horas. De cómo se equivocó de camino y para volver otra vez a él los jueces no le permitían correr y lo tuvo que hacer andando. De cómo corrió de Valencia a Madrid y cómo se las agenciaba para dormir y se enfrentaba a los perros asilvestrados. La casualidad había hecho que mi padre coincidiera en el avión a su regreso de Grecia y que lo invitase a esta charla. Gracias a esto, seguro que sí, es como he acabado haciendo lo mismo. El destino es caprichoso.
Ese año veraneé en Pego, pueblo de interior en la provincia de Alicante. Allí conocí a la que consideré siempre como mi primera novia, se llamaba Paloma y lo nuestro fue platónico y por lo tanto muy bello. También eran días de Atletismo televisivo, los primeros mundiales de Helsinki. Recuerdo la medalla de oro de José Marín en marcha atlética. Años en los que el atletismo español estaba en pañales. Llevaba un control exhaustivo de los tiempos en todas las pruebas, el atletismo me estaba atrapando. Ya el año siguiente, aunque a horas más intempestivas, recuerdo la emoción por la medalla de bronce de José Manuel Abascal en Los Ángeles 84, la gesta de las cuatro medallas de Carl Lewis y los mítines veraniegos con los innumerables intentos de record del mundo, sus liebres y las zapatillas de último diseño. Devoraba todo lo que caía en mis manos y tuviera que ver con el atletismo.
Ese año asistí a una charla-coloquio con Antonio Lastra, presidente de Correcaminos, club organizador de la maratón de Valencia desde 1.981. Contaba sus experiencias en el maratón y enseñaba un video con los mejores momentos del maratón de Nueva York. En 1.997 pude correr por Central Park, en la gran manzana. No hay palabras para describir lo que sentí al descubrir cada rincón de ese majestuoso parque.
En los años 84 y 85 participé en dos carreras que marcaron definitivamente mi vida como corredor.
De la primera no conservo el trofeo y mataría por recuperarlo. Fue en el pueblo manchego de Ossa de Montiel en mayo de 1.984. Una carrera que empezaba y terminaba en el campo de futbol del pueblo y que transcurría por sus calles. Serían unos 4 o 5 kilómetros de distancia. El campo de tierra estaba repintado con cal marcando el tramo que transcurría de la entrada a las instalaciones hasta la meta. Al lado de la meta se encontraba la cafetería que en los pueblos usan como manera de recaudar fondos para el equipo durante los partidos. Recuerdo a mi padre, me emociono al pensarlo, gesticulando en solitario como un poseso en esa curva, al lado de ese árbol frondoso y de la cooperativa agrícola que almacenaba el grano de los agricultores de Ossa a escasos cien metros de la entrada al campo de fútbol, el segundo clasificado debería de estar muy cerca, porque lo había sobrepasado cuando creí que iba a saber llegar sin temor a equivocarme (la carrera había sido un continuo callejeo por las calles del pueblo sin señalización). Me precedía una moto de la guardia civil y tenía algo bueno que ofrecerle a mi padre: la victoria. Mi hermano Enrique, que también participaba, fue arrinconado con bicis por los muchachos del pueblo. Yo tuve suerte y escapé del marcaje. Llegué en primera posición y apurando a la moto por miedo a los chavales del pueblo. Pero la alegría no fue completa, los organizadores pensaban que yo pertenecía al vecino pueblo llamado El Bonillo y me descalificaron por ser foráneo. Imaginaros la desilusión. Con mis 12 años no acertaba a entender la injusticia. Al acabar el fin de semana (mi padre trabajaba allí administrando una finca rústica) nos volvimos a Valencia de vacío. Al cabo de varios meses regresé al pueblo y fuimos al bar del pueblo. Mientras jugaba con la peonza en la plaza, el camarero, amigo de mi padre, había pagado de su bolsillo un trofeo precioso, con la fecha y el motivo perfectamente redactados. El primer sorprendido fue mi padre que me hizo entrar en la cafetería y me entregó el copón. Me invadía la vergüenza y el orgullo. Ese trofeo representó un antes y un después porque el esfuerzo tuvo recompensa y la justicia acampaba en mi vida de corredor.
La otra carrera que me marcó fue al año siguiente, el 10 de julio de 1.985. Me acuerdo perfectamente de la fecha porque para participar había que tener cumplidos los 14 años. Y yo los cumplía tres días después. Acudí a apuntarme temeroso porque tenía que fingir que los tenía. La categoría junior (14-18 años) era la mía. La carrera se disputaba en la urbanización costera de Mareny Blau a 30 kilómetros de Valencia, zona residencial en primera línea de mar entre El Saler y Cullera. Veníamos de estar cinco días en los Pirineos con mi hermano Enrique y unos amigos. Habíamos subido el Balaitoux un pico de 3.151metros. Al bajarlo había estado a punto de morir mi hermano en la rimaya del glaciar en la cota de los tres mil metros. Supongo que estaría bien oxigenada mi sangre por la altura, el hecho es que a pesar de tener 13 años y de que la participación era numerosa conseguí llegar en la tercera posición de mi categoría. Por la noche en una cena de gala y en el club de tenis recogí el trofeo. No recuerdo quién me acompañó a recogerlo pero lo que es seguro es que en esa noche calurosa del mes de julio la gala la tenía por dentro. Todavía conservo el trofeo, es pequeño y lo recuperé hace un año por casualidad. Fue muy emocionante volverlo a tener en mis manos, preside los casi 100 que han venido posteriormente. Los trotes por la playa y las numerosísimas huellas en la arena blanda de esos veranos los utilizaba para analizar la longitud de la zancada y su frecuencia.
En el año 1.989 empecé los estudios de Derecho. Me fui a vivir al Colegio Mayor Universitario La Alameda, situado en la calle Micer Mascó 29 de Valencia. Al lado de este Colegio Mayor había (lo han demolido recientemente) un edificio de ladrillo rojizo llamado popularmente La Tabacalera porque allí se almacenaba el tabaco de unos 600 metros de perímetro con cuatro esquinas de 90 grados.
El ambiente universitario era inmejorable. Rememorando la gesta de la película Carros de Fuego en una escena en la que Harold Abrahams y Eric Lidell intentan dar la vuelta al claustro antes de que el reloj acabase de emitir sus campanadas, se había constituido la Vuelta a la Tabacalera y ése año cumplía su octava edición.
Se fijó la fecha para el 23 de septiembre a las 10 de la noche. Estuve entrenando específicamente para intentar batir la plusmarca. En el salón de música del Colegio Mayor había un repostero con los diez mejores tiempos, los nombres y los años de realización. La marca a batir era 1´40´´. La había realizado un estudiante de medicina que en ése momento ejercía ya como médico internista.
Y llegó el día. Había expectación por ver si era capaz de batirlo. Pusieron los altavoces en los balcones de las habitaciones que daban a la Tabacalera. El volumen era alto y por supuesto era la canción de Carros de Fuego. Nos congregamos en la salida unas diez personas. El público, compuesto por compañeros de estudios, superaba los sesenta. Con el cronómetro en la mano se nos dio la salida.
Era importante coger la primera curva en buena posición. También era importante cogerla un poco abierto para no perder velocidad aunque en verdad era una carrera con cuatro parones y cuatro arrancadas. Un chico de Gandía, estudiante de medicina, se puso en primera posición y llegamos a la última curva juntos. Le pude rebasar en los metros finales y agónicamente meter la cabeza ante el delirio de la concurrencia. El juez-director determinaba que había batido la marca por sólo unas décimas de segundo. A los pocos días, en el salón de música figuraba mi nombre, la fecha y mi registro. ¿Se habrá batido de nuevo la marca?

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Pasaban los meses y tenía una idea fija, correr en el maratón de mi ciudad en cuanto cumpliese la edad mínima exigida para participar que eran los 18 años. Me presenté con mucha ilusión y muy poca preparación el 4 de febrero de 1.990 a la línea de salida. Empleé 4 horas y 13 minutos. Los últimos dos kilómetros los hice andando, con un hambre atroz y unos calambres que me llegaban hasta las orejas. Una señora me animó, lo recordaré toda mi vida, lo único que se me ocurrió fue pedirle un bocadillo de chorizo. Seguí andando como un zombi hasta la meta. Gracias señora por los ánimos.

4 febrero 90

Al año siguiente, 1991,  vino a Valencia a dar una conferencia sobre Juventud y Deporte José Manuel Abascal, medalla de bronce en las Olimpiadas de Los Ángeles 84 en los 1.500 metros. Era el ídolo de mi adolescencia y lo seguía siendo. Después de la conferencia comentó la intención de salir a trotar un rato y preguntó por algún paraje interesante en la ciudad. Me ofrecí a acompañarle y accedió. Imaginaros la cantidad de preguntas que tuvo que aguantar y la dificultad para mantener el resuello y no hacerle bajar el ritmo. Fueron 45 minutos de trote alegre sólo interrumpido por el fotógrafo del periódico local Las Provincias que insistía en que posase junto a Abascal. Conservo la fotografía con mucho cariño.

27 febrero 91

En Octubre de 1.995 me fui a vivir a Zaragoza. No fue fácil integrarme en el mundillo atlético de la ciudad porque llegaba con 24 años y sin intención de federarme. Estuve meses trotando en solitario y descubriendo los parques de la ciudad hasta que encontré un grupo de entrenamiento que se adaptaba a mi situación particular y mis horarios. El primer invierno fue duro porque el clima era extremadamente extremo. Echaba mucho de menos mi Valencia y mi Mediterráneo. El otoño-invierno del 96 fue muy intenso. La apuesta personal de bajar de 3 horas en la maratón de Valencia en febrero dominó mi preparación bajo cero. Ya había corrido 4 y sobretodo en la última había fallado estrepitosamente. Vivía por aquel entonces en el Colegio Mayor Miraflores de Zaragoza y había mucha expectación entre los colegiales. Habían visto que llevaba una alimentación distinta.
El día anterior cogí el autobús hacia la ciudad que me vio nacer. Los deberes estaban bien hechos pero la rodilla me estaba molestando desde hacía un mes y tenía dudas serias de poder acabar. En la salida me encontré con Antonio Cózar, mi referente de la adolescencia que ese día debutaba en la distancia. La liebre de las 3 horas era, nada más y nada menos, que Antonio Postigo (atleta y entrenador de postín). Nos llevaba y nos hablaba mucho. Nos embaucaba y yo sentía que me podía fiar de él. Serenidad, apoyo y psicología. Hablaba seduciendo y decía lo que necesitábamos oír. Pasamos la media maratón en 1.31, nos explicaba el motivo de ir ligeramente más lentos. La última parte era ligeramente cuesta abajo. En el kilómetro 38, Antonio y su cartel de 3 horas se me alejaban. Me estaba quedando atrás. En eso que apareció, no lo esperaba, Antonio, mi hermano mayor. Pretendía acompañarme los últimos cuatro kilómetros hasta la meta corriendo a mi lado. Él lo presenció todo. Me dio un tubo de glucosa líquida y reviví. Vio el coraje que saqué de no sé dónde y cómo llegué a Antonio Postigo sobrepasándolo a falta de un kilómetro para llegar a la meta. Mis padres y hermanos en el estadio del río Turia estaban viendo como el reloj de meta avanzaba y se acercaban las fatídicas tres horas. Sufrían pensando en que de nuevo iba a fracasar. Vieron cómo entré en el estadio a falta de pocos segundos, cruzando la meta en 2.59.33. Habían pasado siete años desde el debut y se había convertido ése 2 de febrero de 1.997 en uno de los días más felices de mi vida. Busqué a mi liebre al terminar. Le abracé y le di las gracias. No podía parar de llorar.

2 febrero 97

Hace dos meses y medio hice de liebre de 3 horas en la maratón de Zaragoza. Después de finalizar en 2.59.40 vino uno de los beneficiados por mi labor e igualmente me abrazó y me dio las gracias. El ciclo se cerraba. La emoción de sentirse útil y valorar en lo que él valoraba mi trabajo. Lloré también lo más secretamente que pude.
En Octubre del 97 casualmente me encontré en el Parque Grande de Zaragoza a Abel Antón. Había venido a dar la salida a la Carrera de la Integración y pretendía hacer, él solo, un trote de dos horas. En el mes de agosto había sido por primera vez Campeón del Mundo de maratón en Atenas. Dos años después lo sería de nuevo en Sevilla. Le pedí permiso para acompañarle y accedió encantado. Imaginaros el suplicio de aguantarme mi interrogatorio. Le critiqué con mano izquierda la táctica que había empleado con Martín Fiz en el reciente Campeonato de Atenas. Le pregunté sobre entrenamientos y sobre detalles de la preparación aquellos que no vienen en revistas especializadas ni en manuales. Fue una hora a 4 minutos por kilómetro, a él le quedaba otra a 3.45. Le deseé suerte para el maratón de Londres que ganaría en el mes de abril.

Y llegaron años de inactividad atlética. Me enganché al tabaco. Toda una vida entrenando sin apoyo familiar o social y llegué al hartazgo. Toqué fondo y empecé a correr. Fue un 13 de mayo de 2.002, lo recuerdo bien. Me planté conmigo mismo y di un manotazo a la mesa que era mi vida. Como Forrest Gump a razón de 20 kilómetros diarios, siete días a la semana y 365 días al año. Era mi momento del día, el más ansiado.
Hasta que al final un día llegué al aeropuerto de Zaragoza sin haberlo planeado en una hora y cinco minutos por el sendero que hay junto al Canal Imperial de Aragón. Decidí participar en el maratón de San Sebastián. Hacía casi seis años que no corría un maratón y destrocé el crono bajándolo 15 minutos. De 2.59 a 2.44. La llegada al Estadio de Anoeta la hice con el corazón en la boca. Conservo la foto de entrada en meta. Se explica por sí misma.

24 noviembre 02

En el año 2002 conocí a Maria José Pueyo, atleta aragonesa que recientemente ha sido olímpica en el Maratón Olímpico de Pekín. Empezó una relación amistosa-deportiva con el objetivo, difuso al principio y claro a partir de 2.003, de conseguir la mínima de participación en los J.J.O.O. de Atenas. No se consiguió en Rotterdam por 37 segundos. Infinidad de entrenamientos en el Parque Grande, día tras día, semana tras semana, año tras año, siendo espectador privilegiado de las evoluciones en los tiempos, en las sensaciones, en los ritmos. El Parque Grande de Zaragoza ha sido testigo mudo de pulsómetro, esfuerzo y cronómetro. Series de 200 a 8.000 metros, días en los que había avance y en otros aparentes retrocesos. Siempre quise ser olímpico y creo que, de alguna manera, también yo estaba en Pekín desfilando detrás de la bandera española.

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En la primavera de 2.004 pensé en correr los 100 kilómetros( Santander el 2 de Octubre). Ya había hecho 2.36 en la maratón y quería rebajar el record de Aragón de los cien que estaban en 8.45. Fueron meses de mucho calor, de muchos kilómetros y de mucha ilusión. Lo que más recuerdo de ese día es a mi hermana Marta sufriendo al verme sufrir. De esa última vuelta de diez kilómetros y de esos últimos metros de tanta alegría y tanto dolor físico. El tiempo 8.32. Mis hermanos siempre han estado muy presentes en mis grandes citas deportivas. Esa lo fue. Salir en los periódicos no es cosa que suceda todos los días.

Un año después intenté de nuevo Los Cien, quería bajar de 8 horas. Un mes antes de la carrera hice un gran entreno en Ibiza, fueron 70 kilómetros a ritmo de 7.45. Recuerdo cómo metí mis piernas en las aguas frescas del Mediterráneo y el desayuno posterior a la paliza.

25 agosto 05

Ya en Santander no pude más que terminar en 9.45, con problemas de estómago y una gran desilusión. A raíz de toda la preparación me sobrevino una lesión que me tendría apartado de la carrera a pié durante un año y que me hizo plantearme el dejar este deporte. Una fascitis plantar dolorosísima y desesperante. Me apunté a un gimnasio (nunca he sido amigo de meterme bajo techo) y en doble sesión diaria fortalecí mi cuerpo y mi mente. Elíptica, remo, spinning, pesas y mucha dieta. Aproveché para ahondar en los límites de la delgadez y conocerme algo más. Bajé 7 kilos y volví a la competición con más fuerza y mejores resultados que antaño.
En el año 2.006 mi amigo de la infancia Jorge me pide que le entrene para su primer maratón. Tras cinco meses de correspondencia me presento en Valencia de sorpresa y le acompaño durante 30 kilómetros. Finaliza en progresión y pletórico. Ha sido un éxito y tras esto me planteo la posibilidad de entrenar a personas. Es mucha la experiencia que tengo y es mucho lo que puedo aportar. Es mucho también lo que desconozco y me pongo a leer y a estudiar sobre psicología, entrenamientos y pedagogía.
En el otoño de 2.006 empiezo a competir en categoría de veterano después de un año de inactividad por lesión. Cada carrera es una victoria. Cada domingo es una incógnita de cómo va a comportarse la fascitis. El miedo a recaer me persigue.
La temporada pasada completé 8.000 kilómetros. No sé si ha sido el año de mayor volumen kilométrico porque han sido muchos durante mi vida y ninguno excesivo. Habré dado varias vueltas al mundo y sólo recuerdo: verdes montañas, agrietadas estepas, playas saladas, parques otoñales, atardeceres anaranjados, amaneceres somnolientos, nieblas infranqueables, callejones oscuros, tormentas olorosas, canícula de sobremesa, sudores abrillantados, arcoíris inesperados, festivos desmenuzados, nieve virginal, monumentos esperados, charcos embarrados, calles de ciudades y de pueblos abandonados, vientos enconados, ladridos destemplados, carámbanos nasales, 37º a la sombra, lluvia generosa y acompasado latido de corazón irrepetible año tras año.
Monólogos, pensamientos, deseos, soluciones, arrepentimientos, decisiones, emociones, amores, éxtasis y lágrimas de rabia y de alegría por motivos cada vez distintos pero cotidianos.
Soy lo que quiera depararme este deporte. Encantado mientras tanto de haberte conocido.

2 comentarios en “Los orígenes de mi correr

    • Sabes, y sino te lo recuerdo, que tú has sido la persona que me ha metido en estas historias. Un ejemplo y una visión que aun ahora me inspira. Recuerda el texto que redactaste sobre tu sub-3 en maratón. Si Dios quiere correré en marzo de 2014 el maratón de Roma. Supongo que sigues en Sevilla. Un abrazo muy fuerte. Juan

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