«Imposible» es una opinión que aprendí a cambiar.

«Si quieres correr, corre una milla. Si quieres experimentar una vida diferente, corre un maratón». Con esta frase Emil Zatopek describe a la perfección el Maratón que corrí junto a mi novia Lucía el 10 de abril en Rotterdam.

A veces la vida es liviana, ágil y pizpireta como unos versos breves y rítmicos. Todo se recibe con gozo y el viento es tan favorable que ni notas que te está dando. Pero otras veces la vida se convierte en un párrafo denso, sin puntos y aparte e incluso sin comas que permitan tomar aire por un momento. Te sientes solo y todo parece confabularse en tu contra. La esperanza se aleja indolente y la amargura te saluda todo el rato. Veinte días antes del maratón todo era párrafo.

La preparación había sido exquisita. Todo lo planteado había sido resuelto con brillantez. Mi lesión en el talón había quedado medio olvidada y tras un último mes de 300 kilómetros de correr, sumados a los 1600 de bicicleta, hacían presagiar que el objetivo previsto de sub 3.30 acompañando a Lucía sería posible. Pero tras la última tirada de 30 kilómetros, a 5 min/km, del 20 de marzo todo fueron palos en las ruedas de nuestro ánimo porque la salud de Lucía estaba en entredicho. Una ligera fascitis, una piedra en el riñón y una sencilla pero inaplazable intervención quirúrgica cuatro días después del maratón hicieron frenar los entrenamientos y sobre todo enturbiaron la claridad de mente necesaria para correrla ya que los médicos y el entorno familiar no eran propicios. Describirle la agonía de un maratón a alguien que nunca ha corrido es como tratar de explicarle el color a alguien que nació ciego  Todos deseaban que no corriéramos pero teníamos que hacernos el regalo de estar en la línea de salida, ésa sería nuestra maratón.

En el avión de ida coincidimos con Fabián Roncero, aquel tremendo atleta español que en 1998 nos dejó sin aliento cuando, yendo para récord del mundo, se paró a estirar los isquiotibiales dos veces (en el kilómetro 39 y en el 40) y continuó hasta parar el crono en 2.07.26 (a 36 segundos del récord del mundo), supuso entonces el récord de España y la novena mejor marca de todos los tiempos. El vídeo es largo, dura 13 minutos, y las famosas paradas son en el minuto 1.05 y en el 5.25:

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En el aeropuerto nos comentó que viajaba para ayudar a Azucena Díaz haciéndole de liebre para así conseguir ella la mínima olímpica, cosa que hizo con 2.31 dos días después.  Fabián había sabido adaptarse a sus 46 años y adoptar un papel más secundario pero no menos importante. Le enseñé a Lucía el vídeo de Fabián y quedamos en que no pasaría nada si hiciéramos «un Roncero», la maratón en sí sería el premio a los meses previos de preparación.

Una vez establecidos en Rotterdam, y no habiendo mucho que ver por ser una ciudad sin edificios históricos (se levantó de nuevo después de los bombardeos de la 2ª Guerra Mundial), nos fuimos a ver el Museo Boijmans Van Beuningen. Un acierto. Pequeño pero repleto de pinturas de muchos estilos: Van Gogh, Rembrant, Rubens, Dalí, Picasso, Fra Angélico, Munch, Seurat, Gauguin, El Bosco, Magritte, Monet,… una suma de épocas y de estilos que daba mucho gozo ver tan juntos. De todos los cuadros, dos de Magritte nos llamaron poderosamente la atención: “the red model” porque los pies desnudos de las botas nos hacían pensar en la cercanía del maratón que nos esperaba al día siguiente y “la reproduction interdite” porque por mucho que nos empeñemos en ver lo que queremos, no podemos dar la espalda a la realidad.

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reproduction interdite

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the red model

También nos gustó mucho el monumento que la ciudad ha erigido para conmemorar todos y cada uno de los ganadores de esta maratón que empezó a celebrarse en 1981 y que, año a año, va aumentando en el número de placas conmemorativas. Estamos acostumbrados a ver reconocimientos de las ciudades a personajes históricos, y es bonito pensar que también un deportista puede ser un héroe que merece ser recordado. Ahí estaba de nuevo Roncero.

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Ese mismo sábado, a las 7 de la tarde, se celebraba dentro de las actividades previas del maratón un acto titulado «Spiritual warming up» en una iglesia católica dirigida adrede a corredores y acompañantes. En el altar, una coral compuesta por 9 mujeres, nos deleitaba con canciones que, quizá por la cercanía de la carrera, hicieron que fácilmente brotasen las lágrimas. Fueron 40 minutos de celebración impregnados de cariño y mucho recogimiento. Un encuentro de personas de diferentes países que hablaban el mismo idioma. La paz que ansía el corredor antes de la batalla. Al final fuimos invitados a rodear el presbiterio y nos dieron la bendición. Un sencillo ágape con té, zumos y pastas en el claustro parroquial fue el excelente colofón a un rato eminentemente interior.

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Una vez amanecidos el domingo Lucía decide que, por el bien de su salud no peleará por la marca, y a que al menor síntoma de no encontrarse bien, abandonará. Va a ser una maratón en la que el cuerpo irá marcando la velocidad crucero, sin forzar nunca la máquina. Con esta idea, nos encaminamos hacia la salida que teníamos a 5 minutos andando. Entramos por nuestra puerta A y enseguida estábamos a escasos metros de la salida. Gozábamos de un sitio privilegiado. 15.000 participantes, y nosotros a escasos metros de los keniatas y etíopes.  Veíamos las evoluciones de los atletas de élite que acudían al meódromo puesto exclusivamente para ellos justo en la mediana interior y vallada del circuito.

Desde una grúa elevada sobre las cabezas de los corredores ansiosos, un cantante, en los instantes previos a la salida, nos interpretó la famosa canción que utilizan actualmente los hinchas del Liverpool:   «You´ll never walk alone» y que traducida dice lo siguiente:

Cuando camines a través de una tormenta,
Mantén la cabeza alta,
Y no temas por la oscuridad;
Al final de la tormenta encontrarás la luz del sol
Y la dulce y plateada canción de la alondra.

Sigue a través del viento,
Sigue a través de la lluvia,
Aunque tus sueños se rompan en pedazos.

Camina, camina, con esperanza en tu corazón,
Y nunca caminarás solo,
Nunca caminarás solo.

Muchos la coreaban y se nos puso un nudo en el estómago difícilmente explicable. Lucía correría de nuevo sin reloj, no era necesario, el ritmo lo teníamos en las piernas y en el sentido común.

Un cañonazo indica el momento de partir. A los 15 segundos ya cruzabamos la línea de salida. El primer kilómetro salió a 5 minutos/km y así seguimos hasta la media maratón. El asfalto hace de tórculo en nuestras piernas. Todo es fácil y llevadero, se trata de dejarse llevar por los ánimos del público y la alegría de vernos finalmente cruzando el famoso puente de Erasmo mueven nuestras piernas.

Pero era evidente que nuestro destino estaba marcado y en este maratón, sin dejar lugar a la desilusión, había que decirle adiós a la euforia y dejarnos capitanear por la prudencia.. Las últimas semanas habían sido demoledoras. Lucía había tenido todas las papeletas para incluso no presentarse a la línea de salida, y ya que estábamos aquí, había que aprovechar la ocasión de disfrutar de la carrera sin perderle la cara. Ese día, más que nunca, cobraba sentido la frase que dice que “lo importante no es la meta, sino el camino”.

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Fuimos descendiendo el ritmo paulatinamente, parando a beber en todos los avituallamientos (eran de vasito, no de botella) para no dar ni una sola ocasión de queja al riñón, disfrutando de la animación, incluso recogiendo “amuletos” de recuerdo, como una pelota de golf que Lucía encontró tras el árbol en el que refugió para hacer aguas menores.

No era necesario azuzarla, hoy no era el día de las heroicidades. Fue una mañana emotiva, conscientes de la suerte de poder ir acercándonos a completar los 42 kilómetros. Con los nervios a flor de piel, los ánimos del público nos calaban hondo. Al paso por el kilómetro 30, un cartel en inglés que decía «SOMEDAY YOU WILL DIE, BUT NOT TODAY” que traducido es algo así como «Algún día morirás pero no hoy» hizo que Lucía se emocionase especialmente.

Había que llegar sin prisa, recorrer ese asfalto tan agradablemente liso para cruzar el rubicón de nuestras vidas por medio de una distancia que se presta al riesgo y a lo difícil. No hay marcha atrás. Desde la cordura de Hernán Cortés cuando quemó sus naves hasta la también aparentemente estúpida decisión de correr un maratón sin brillo exterior pero tan lleno de significado siempre para el inconformista. Porque yo tampoco me conformo con vivir con miedo y sólo aspiro a vivir con sentido común y coherencia lo que me quede de vida. Las 3 horas 52 minutos puede que no digan nada, para nosotros lo dicen todo y todo bueno.

No siempre se puede ir de caballo ganador, a veces hay que limitarse a trotar con la ilusión de saber que habrá otras muchas maratones que pelear.

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8 comentarios en “«Imposible» es una opinión que aprendí a cambiar.

  1. ¡¡¡Bravo!!! Sois unos campeones y un ejemplo para todos los que nos gusta correr. Me encanta leer tus crónicas, en las que siempre hay mucha emoción y caben cuadros, anécdotas, música, consejos y muchas reflexiones para el camino de la vida. Besos para los dos

  2. Cuanto me alegro que completarais la maratón que tanta ilusión os hacia a los dos. Esto es una fuente de energía positiva para el pequeño problema de Rosa. Besos

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