¿Te acuerdas de mí…? Fui tu primer amor.

Llegué a tu vida hace 32 años en una lluviosa tarde ¿Te acuerdas? Yo perfectamente, imposible olvidarlo.

Viniste con tus padres a esa tienda, Paz 31, ubicada en esa misma calle de Valencia. Tú apenas tenías 13 años. Había surcado meses atrás los mares en un penoso viaje desde el lejano oriente. Podía intuir el vaivén de las olas, estaba a oscuras dentro de esa caja de cartón naranja y tenía unas ganas tremendas de conocer mundo. En aquellos tiempos eramos muy pocos los modelos invitados al baile del atletismo popular. Tú, Juan, tenías muy claro que yo iba a ser la escogida, así me lo confesaste la primera noche que pasé contigo.

Con la luz del flexo de tu habitación, ése con el que pasaste tantas horas estudiando, me mirabas ya en pijama. Esa intensidad en la mirada, esa media sonrisa y unos ojos tan abiertos,…reconozco que me impresionaste. Luego, con el trato, me acostumbré a la pasión que ponías en todo lo que hacías conmigo. Me cogiste y me oliste, una a una, por separado. Sé que ese olor a pegamento se te ha instalado en la memoria y que te recuerda a ese instante en el que, así me lo narrabas, te brillaron los ojos y me acariciaste mientras soñabas en carreras y en éxitos. Tus padres bien podían haber hecho el esfuerzo de pagarlas íntegramente pero querían ver las verdaderas ganas por tenerme. Previamente, en la Semana Santa de 1983, te dedicaste a trabajar rudamente en el campo manchego con la motivación de poder pagar esas 10.000 pesetas con las que me valoraban. El plan para raptarme había sido trazado meses atrás y no paraste hasta conseguirlo.

Seguramente que ya apenas te acuerdes de mí. Empezabas a corretear por los parques, tenías muy claro que ibas a ser corredor. Te gustaba mucho correr e intuyo que todavía ocupa muchos momentos de tu día a día porque no paran de aparecer en el armario nuevas compañeras, eso si, cada vez más nuevas y menos gastadas que yo. Ahora tienen colores más vivos, tecnologías más avanzadas Tengo el orgullo de haber sido tu primer amor. La más deseada.

Recuerdo como me mirabas después de cada salida por el campo. Analizabas el desgaste de mi suela y te apenaba saber que la viejuz sería mi irremisible destino. Hoy unas cuestas, mañana un trote breve y alocado, al otro día unas series de 300 metros y el domingo un trote de 50 minutos. Vi tus piernas broncearse, afinarse después de tantas agonías. Me librabas del polvo del camino con cuidado, me pasabas un paño húmedo y suave los sábados por la tarde porque a la fiesta del domingo había que ir acicalado. Luego vendrían las más esbeltas y livianas de los domingos. Me llevabas a probar el asfalto, las piedras puntiagudas de esos caminos, la sonora grava del camino a la ermita. Me hacías partícipe de tus batallas. Me colocabas cuidadosamente debajo de la silla con los cordones por dentro la noche anterior a la competición, asistía desde la penumbra de la noche a tu insomnio cuando no podías dejar atrás los nervios y dabas mil vueltas entre las sábanas.

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Me acostumbré a tus gemidos y a tu respiración acelerada. Tus gotas de sudor caían a mi lado. Alguna me alcanzaba y hacia un cerco blanquecino y salado. No recuerdo cuanto tiempo duró lo nuestro. Quizá fueran dos años en los que nos fuimos amoldando. Ahora tus ligues te duran muy pocos meses. Eres un frívolo, no te das cuenta de que nosotras tenemos sentimientos. Nos encariñamos con nuestros dueños. Os somos muy fieles y hacemos esfuerzos por mantener nuestra integridad, os permitimos correr a toda castaña, evitamos muchas lesiones y os hacemos soñar. Hoy en día es difícil encontrar a alguien que pueda darte tanto.

«Las otras» me van contando tus andanzas. Por ellas supe que tocaste el cielo y que todavía lo recuerdas con orgullo y cariño. También sé que has estado muchas veces en los infiernos de la lesión y de la derrota. Podrías haber tenido el detalle de contármelo, de mirarme como antaño después de una carrera y ya en la intimidad de tu cuarto.

Sí, no te acordarás del todo pero a mi me cuesta olvidar tus suspiros. Suspiros que surgían de lo más profundo de ti, de la satisfacción por estar haciendo algo que te llevaba a la plenitud. Yo, pobre zapatilla, me sentía partícipe de ello y es lo más grande que nunca hubiera imaginado ser. Ayudarte a ser «otro», como una mutación de ti mismo más transfigurado, luminoso y completo. Para una zapatilla tan discreta es para estarte muy agradecido. Necesito que me vuelvas a mirar de nuevo como lo hiciste hace tanto tiempo. Necesito que vuelvas a pensar en tus comienzos y que podamos celebrarlo.

Ellas me contaron que llegabas de algunos entrenamientos entusiasmado. Lo habías dado todo, estabas reventado pero con esa sonrisa que pasaría inadvertida para otros pero que yo conocía tan bien. Me contaron tus progresos, que habías roto muchas barreras: que si bajaste de 3 minutos en el Kilómetro el 23 de abril de 1990, de 3 horas en la maratón el 2 de febrero de 1997 o que hiciste el récord de Aragón de 100 kilómetros el 2 de Octubre de 2004. Qué pena no haber estado para verlo y compartirlo contigo.

Qué paciencia he tenido contigo, con lo que despacio que ibas al principio, podía oler tu desespero. Tu exceso de peso me desvencijaba las entrañas, me espatarraba. Me tienes recluida en este armario donde vienen a descansar tantas y tantas novias nuevas. Nos usas y nos abandonas. Eres un pendenciero. Ya sabes, Amor con amor se paga.

Atentamente y para siempre, siempre tuya.

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