Cómo me van a obedecer si no me quieren…

Inmersos ya en este mes de agosto en el que parece que todo está por comenzar: la vuelta a los colegios, la rutina de la vuelta de las vacaciones en un cercano septiembre y también la temporada deportiva de muchos corredores populares.

Suena bien y más si, como cada cuatro años por estas fechas, se nos hace más llevadero gracias al espectáculo de las Olimpiadas. Muchos deportes con un denominador común: la superación, la búsqueda de los límites, la excelencia y la belleza atlética.

Se renuevan los actores en cada olimpiada pero siempre con un mismo libretto que representar, aprendido gracias al deseo que se genera en cada atleta de competir junto a los mejores. Una pléyade de elegidos que, en igualdad de condiciones, aman lo que hacen y quieren hacerlo con perfección.

Todo lo que aprendemos a través de los sentidos y más aún si entran en juego los sentimientos en el proceso de aprendizaje se queda fijado en nuestro cerebro de una manera muy intensa y duradera en el tiempo. Se aprenden más fácilmente las cuestiones emocionales porque la memoria está ubicada en el cerebro límbico. Por eso nos acordamos de la avispa que nos ha picado durante tanto tiempo por ejemplo.

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Es por ello que apelo desde hace tiempo a la motivación y el entusiasmo traducido en autoconfianza como la manera más eficaz de aprender a correr. La labor de un entrenador consiste en mandar y por eso a veces se oyen quejas. Toca hacer de Pepillo Grillo y decir las cosas que no gustan oír. Prevalece, incluso en esos casos, el cariño. Es la única manera de llegar a los deseos y necesidades de cada atleta.

El otro día vi la película TROYA. Narra la historia protagonizada por Héctor, París y Aquiles en la cual se enfrentan los troyanos contra los helenos y con la célebre aparición del Caballo de Troya. De ella saqué varias frases que me llamaron poderosamente la atención. La primera: «¡Cómo me van a obedecer si no me quieren!» está dicha por el malvado reyezuelo que ve como su pueblo se le subleva y que no sabe qué hacer para que le respeten. Muchas veces hablamos con desdén de la obediencia ciega, y en el caso que nos ocupa, a la de un plan de entrenamiento. Qué difícil es sugerir y no tomar el camino más directo y fácil de la imposición.

«No desperdicies tu vida obedeciendo a un tonto», otra frase para enmarcar. Rodearse de personas que nos aporten y no resten, que tengan algo que los haga diferentes al resto. La vulgaridad no es propia de deportistas. También de esta película es (no tiene desperdicio) la frase «¿Dejamos la guerra para mañana, cuando estés más descansado?». Qué importante es la cultura del esfuerzo, del deber generoso y alegre por ideales.

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