¡Que vuelva el dolor!

Cuánto tiempo hace que no te sentía de esta manera. Si, tú…, ahora no te escondas. Apareciste un día de noviembre, en mitad de la nada, cuando ya había perdido la esperanza de encontrarte de nuevo. Eres el dolor buscado y querido que surge de la exigencia de la competición. No uno cualquiera sino el que una vez sentí y que ahora, de sorpresa, reconozco como genuino. Detrás de ti hay muchos días, meses y años de trabajo silencioso y sin brillo. Todo fue posible al no perder del todo la esperanza por hallarte de nuevo.

Motivación y salud.  Me habíais abandonado las dos e incluso os habíais confabulado confundiéndoos entre vosotras. Estaba privado del caramelo que saboreaba con fruición hacía años. El otro día lo supe, habías vuelto. Descubrirte me dejó anonadado. Te hallé de la manera que muchas veces se encuentran las cosas, gracias a la serendipia que es la vida. Te sentía de nuevo, te abrías paso gracias a tus características punzadas que anuncian, por fin, la antesala del triunfo, del «aquí estoy yo» o de «la vamos a liar parda». Tú, dolor, eras al fin la coraza que impedirías que me perdiera de nuevo.

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Me siento por fin como el cazador furtivo que utiliza sus piernas para cansar a sus víctimas. Ha regresado mi ADN rupestre. Siento que avanzo veloz y sobre todo en silencio. La pausa, el silencio y la repetición como adornos de quietud para mis movimientos gráciles y certeros. Con la atención del que tiene los cinco sentidos en alerta y está conectado con la naturaleza y el presente y más alejado del que se mueve por el miedo o el deseo. La confianza del que sabe que en caso de necesidad está preparado para encajar los golpes e incluso la muerte.

Me he encontrado a mí mismo, aquel corredor veloz y autónomo que fui y que, a pesar de los años, quiero seguir siendo. Es narcisista, lo sé, pero necesito aquella confianza de saber que puedo ser capaz de lograrlo. No es rabia, no es ferocidad o necesidad de sentirme superior a los demás. Es la necesidad de sentir que soy yo, que no estoy perdiendo a la persona que era y que todavía puedo ser capaz de volar. Quiero aspirar a lo máximo, sabiendo (esto lo aprendes con los años) que no es más fuerte quien llega primero sino quien disfruta más de lo que hace. Estoy preparado para divertirme. Sé hacerlo.

«Lo podré explicar, podré hacer fotografías, podré escribir como golpea el viento en mi cara o el olor a tierra mojada. Pero nunca podré lograr que sientas la emoción que yo he sentido. No podré conseguir que tus ojos lloren como lo han hecho los míos o que tu corazón palpite como el mío.» 

Bienvenido dolor, siempre serás bienvenido. Eres la puerta de mi crecimiento personal y deportivo. Contigo empieza la fiesta. Como diría Íñigo Montoya en la película  La Princesa prometida: «Hola. Me llamo Íñigo Montoya. Tú mataste a mi padre. Prepárate a morir.»

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