Correr,…del dolor al abrazo.

¿Cuánto hace que empezaste a correr? ¿Recuerdas los motivos?

Quizá un impulso irrefrenable, una apuesta con un amigo, una casualidad favorecida por este bendito boom del correr, una huida (hacia delante) por algo o por alguien, la curación de una insoportable herida del corazón, la desazón generada por la incapacidad de hacer algo de lo que estar verdaderamente orgulloso, el temor acuciante por el saco de años que un día percibimos como una losa sobre la espalda,…seguramente disfrutar corriendo no fue ni de lejos tu motivación primigenia.

Como el que deja de fumar que intelectualmente lo ve como un gran avance pero que convive inicialmente con una voluntad debilitada: el café de sobremesa, al levantarse por la mañana, cuando coges el teléfono a tu amiga del alma…y un largo etcétera de momentos propicios para abandonar el recto propósito de no ser esclavos de un vicio.

Correr, al principio, es una aventura difícilmente transitable, ¡Los primeros días son tan desagradables! La progresión no se ve por ningún lado. Duele todo. Quizá sea la primera vez que sometemos a nuestro cuerpo a la disciplina de unos metros o de unos minutos. Nuestro primer día debería de estar grabado a fuego en la memoria porque al echar la vista atrás será motivo de sonrisa. De ahí en adelante todo es ganancia ¿Se nos salía el corazón por la boca? ¿Nuestras mejillas se coloreaban a las cuatro primeras zancadas? ¿Nuestra velocidad irrisoria nos avergonzaba y preferíamos la soledad a la vergüenza de arrastrarnos por el parque a la vista de todos?

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Una vez que aguantaste el tirón (¡Cuántos carecen de la paciencia y la humildad suficientes para creer contra toda esperanza!) y pasaron las primeras infames semanas, empezaste a saborear el placer de correr con mucho menos esfuerzo. Pasaste del ineludible dolor que todo lo envuelve a un estado que yo llamaría de abrazo. En esta segunda fase, que por tu bien deberías experimentar cuanto antes, predomina el estado de identificación con la actividad que realizamos. El correr nos ayuda a explicarnos. Somos ya corredores.

Y hasta que llega esa identificación con lo que hacemos pasamos por una fase intermedia de amor-odio que puede durar muchos años. Días que no apetece salir, que cuesta demasiado. Nos avergonzamos al sentir la pereza y el desánimo por algo que entendemos tan beneficioso. Nuestras entrañas se rebelan. Es una época con los altibajos propios de un amor que todavía cuestionamos. Pero poco a poco, si persistimos, nuestros trotes se van liberando del obstáculo de la voluntad y entramos en el leve trance que confiere al correr la perfección de los actos mecánicos y conscientes, sin reflexión ni cálculo. Los pies se mueven solos mientras saboreamos el abandono en el movimiento. Estamos, por fin, haciendo algo maravillosamente ajeno a los esfuerzos de la voluntad.

Parafraseando a Bernardo Pérez Andreo: “Para mi correr es vivir y vivir es correr. No hay hiato posible. Los kilómetros hacen patente lo que en la vida está en estado de latencia; mediante los metros emborronados, el ser va siendo, se hace consciente y recobra la plenitud marcada en el origen por una voluntad eterna que nunca quiso crearnos sin contar con que nosotros tomáramos parte en nuestra propia recreación constante y diaria de nuestra vida. Otros corrieron antes y otros correrán después en un constante tejer y destejer a la espera de algo.

Correr es saldar la deuda haciéndonos acreedores del futuro, pero nunca herederos del pasado. Correr es abrazar cuanto me ha sido puesto ante mí para conferirle mi propia impronta y convertirlo en oblación”.

Corre con la misma emoción con la que abrazas. Sólo así serás un corredor dichoso.

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