Practice makes perfect

Me he dedicado a hacer deporte desde niño, transpira por cada poro de mi piel. Lo considero un activo en mi día a día. Sin embargo, además de las cosas buenas que tiene el deporte -y que son evidentes tanto a nivel físico como mental- también tiene un lado que podría ser no tan bueno. Me explico.

Me estoy refiriendo a las maneras de proceder conductista, que son propias de animales y son necesarias para mejorar en un corredor comprometido. Se concretan en el premio y el castigo, en el aprendizaje vicario y en los refuerzos que hacen que repitamos las tareas que por observación decidimos que nos convienen aunque en un principio sean indeseables por dolorosas. Es el lado oscuro del deporte, donde no reina la libertad y la felicidad inmediata sino la diferida en el tiempo y las obligaciones penosamente autoimpuestas en cada entrenamiento.

La serotonina, oxitocina, dopamina y el cortisol están influyendo en nuestro comportamiento continuamente. La ausencia o el aumento de estas sustancias hormonales nos condicionan y el deporte sin duda ayuda a regularlas. No debemos reducir nuestra vida a lo meramente biológico pero tampoco debemos vivir de espaldas a este hecho. Sería un error olvidar nuestra condición animal.

Y esa condición animal lleva implícita la repetición. Si somos animales es precisamente porque necesitamos dormir y comer con una regularidad milimétrica. Todo lo que no sea cumplimentar nuestra fisiología de manera ordenada lo llamaremos desorden alimenticio o de sueño. Tenemos el deber de darle sentido y elevarnos por encima de lo que se le pide a un conjunto de células. Por eso decimos que la práctica hace la virtud. Y la virtud necesita de la repetición monótona e insulsa. Si sólo fuéramos animales no seria posible hablar de virtud.

Cuando corrí las 24 horas -perdona que hable reiteradamente de mi querido reto- y sobre todo durante la noche, me sentía como un perro apaleado y maldecía mi penosa existencia. Lo único que podría salvarme era continuar con la repetición en esas monótonas vueltas que al final fueron 861. La única salida -que se transformaría conforme pasasen las horas en esperanza- era la posibilidad de emocionar precisamente con lo menos emocionante de la existencia que es la repetición.

En la vida, lo estás experimentando a diario, se acumulan las tareas monótonas. La sorpresa podrías pensar equivocadamente que es la panacea de una existencia más satisfactoria. Si considerásemos que tenemos el derecho a ser habitualmente sorprendidos habríamos fracasado. Siempre lo extraordinario se apoyará y tendrá sentido en lo ordinario. Piénsalo y me lo cuentas.

Repite, repite hasta la saciedad e incluso más allá. Sólo así llegarás a la perfección y a lo genuino. Los grandes pensamientos sólo se nos ocurren al correr. Sólo los pensamientos que se nos ocurren corriendo valen algo. Y cuando desafiamos a la gravedad sin dejar de someternos a ella, nos liberamos. Seremos animales que viven con un sentido más allá de esta corporeidad que nos tira para abajo. Nuestro destino una vez nacemos es la de avanzar, encontrar un punto hacia el que dirigir nuestra mirada, un horizonte hacia el que encaminar nuestros pasos. Correr es ser, es existir, es pensar.

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