De resortes y rutinas

Para soñar corriendo, necesitas rodearte de resortes y rutinas. Así de simple. Muchas son las zapatillas gastadas y mucho el polvo que he levantado con mis pisadas por los caminos. No me desvela el sudoroso sueño en el que se han convertido mis pisadas, su sencillez me sosiega y me emociona. He conseguido hollar el territorio de lo atávico, gracias a unos resortes y rutinas que me han acompañado durante muchos años.

RESORTES. Son el feliz hallazgo del qué, para el cual habrá que inventar un cómo. Las rutinas ya vendrán después, la voluntad en pos de un hábito (la determinada determinación de Santa Teresa, la abulense universal). Así se me irá actualizando lo que un día mi cabeza me propuso como beneficioso e impregnaré de pasión mi corazón para que la reiterada reiteración me encuentre inoculado de fervor. Quiero poseer la inteligente coherencia del apasionado.

Mi vida -suma de demoras y de impaciencias- se aquieta con la respiración jadeante de mis pasos. Mi placer se reduce a un lenguaje exclusivo, a una música llena de amplios silencios y de estrechas melodías. Esta locura -que es correr- pide una cabeza amueblada pero a menudo mis ropas se revuelven por el viento que silba dentro de mi armario. El regreso sudoroso a casa después de correr tiene el sabor de fragancias de manzanas y alegría de cascabeles.

Percibo la honestidad primaria de mi vida instintiva. La humanidad gasta sus energías en hablar mientras yo me dedico a vivir, exquisito legado de mi cuerpo sano y capaz. MI vuelo raso ahonda en las simas de mi mente y en la comprensión certera de una vida plagada de luces y sombras. Caminos obliterados, ventanas entreabiertas que me exigen un pequeño empujón cada día que salgo a correr.

Se comunican mis mundos interiores y exteriores. Y correr se convierte en mi manera armoniosa de vivir hacia afuera. La experiencia del dolor y la lacerante y certera sensación de inestabilidad y de duda, lleva a mi vida donde inicialmente no tenía previsto; Muchas veces salgo de casa sin rumbo y con la sensación de que alguien dirige mis pasos y mis lesiones. Porque la vida es lo que me va pasando mientras voy haciendo otros planes.

La voluntad muchas veces insuficiente que reclama esquemas de pensamientos nuevos, capaces de superar la estrechez de miras. Correr se transforma en ése juguete que supone ir desgranando zancadas con íntimo orgullo. Ir del deslumbramiento al entusiasmo y del entusiasmo al éxtasis, eso es correr para mí.

Correr, se me imagina muchas veces en un avanzar con el viento en contra, a contrapelo, en un quiero y no puedo como tantas y tantas ocasiones en mi vida en la que no entendí el porqué de lo que me sucedía. ¡Cómo disfruto del viento a favor cuando me sorprende en plena pelea! Me pienso a mi mismo como si fuera un auriga que domina a duras penas sus cuatro caballos.

Los años me han enseñado que el progreso deportivo consiste en asimilar kilómetros y no tanto en hacerlos. Hay que dar pasos, los caminos me están esperando y la naturaleza se alegra al recibirme cada día.

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RUTINAS. Son los necesarios hábitos que harán que mis resortes se vayan actualizando y potenciando. Nada valioso salió sin mucho esfuerzo. Los pequeños detalles, la labor escondida del día a día, el frecuentar, el roce… son el único camino.

Persigo con tenacidad el trote perfecto y para ello salgo miles de veces por miles de caminos y en miles de fechas del calendario. Y, un día, de bruces y -como por ensalmo- me estampo con la perfección de lo que fluye sin esfuerzo.

Cuántas veces he vuelto con la sensación de que todo es más claro, que la poesía es mucho más contundente que la terca razón teórica. Que la vida no es una simple biografía. Cuántas veces he estado a vueltas con mi vida hecha puzzle y que la pieza clave ha sido correr, porque ha solucionado el problema. Tantas veces que he necesitado recomenzar, parchear, balsamizar y aceptar lo que soy y cómo he encontrado en mis correrías el sosiego y la hondura.

Cuánto me cuesta vencerme y sobreponerme a las mil y una excusas que intentan evitar el cierzo en el invierno o la canícula en verano. Nada es más envidiable que la sensación placentera al despojarme las ropas húmedas de sudor. La purificación de la ducha que me devuelve al tráfago de la cotidianidad con más ganas incluso de ser alguien de provecho. Las endorfinas, oxitocina, serotonina y dopaminas en su punto álgido. La felicidad que vienen de la constancia y del esfuerzo de las pequeñas dosis.

Un día sin correr es un día perdido. Busco entre mis atareadas y rutinarias jornadas, el resorte que a mí me funciona.

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