El muro

El dolor de piernas se ha vuelto insoportable, pero mi vanidad conseguirá -estoy convencido- que parar sea una deshonrosa solución a mis patentes problemas. Me he puesto en berlina voluntariamente y ya solo me queda rezar para que pase rápido.

Hace calor. Ese kilómetro me estaba esperando. Sabía perfectamente que sería mi dueño y yo su incómodo huésped. Quieto, silencioso y al acecho, estaba dispuesto a robarme hasta lo que no era mío pero que defendería como propio. Como flor seca -sin perfume-, lo que quedaba hasta la meta iba a ser un inútil y amargo rato de penurias y de muerte.

No es posible la marcha atrás, mi cuerpo se arrastraba como un tronco inerte frente a la fiereza del torrente y se precipita en la catarata espumosa y vacía de mi insuficiente preparación física cuidada durante meses. Mis previsiones han saltado por los aires y he entrado en un mundo desértico y sin esperanza. Necesito que mi capacidad de improvisación haga de las suyas y pueda irme hoy a la cama con una lánguida sonrisa que me haga de almohada.

No, ahora no. No es momento de arrogancias ni desesperanza. Se impone únicamente el problema acuciante de sobrevivir. Esta carrera ha sido así de canalla. Me exprimió durante meses en largos entrenamientos y ahora me sigue dando la espalda, quizá porque no he sabido cortejarla.

Quiero vivir. Se me amontonan los deseos de seguir viviendo. Me impelen a seguir desgranando metros como beata que rueda por entre las cuentas de su Rosario, monótonas y sin brillo. Se me acrecientan los motivos para quererme porque son los únicos que harán que mi vida huya de la muerte aparente que transito. Y me repito: “Juan, te quiero”. Qué raro me suena. En otra ocasión hubiera sido una muestra de narcisismo vergonzante pero ahora es la más palpable muestra de mi afán por sobreponerme a la tentación tangible y vergonzosa de claudicar.

Joder. Las carreras largas es lo que tienen, nos invitan a ser otros, a reinventarnos. Porque si fuéramos un Clark Kent que pasa desapercibido entre la muchedumbre no nos habríamos presentado en la línea de salida.

¿Y por qué yo? En momentos así se hace patente que hemos elegido y por tanto desechado una infinidad de encarnaciones. Nos hemos separado de la normalidad de un domingo cualquiera para hacer algo sumamente inútil. Andando en inutilidades durante años sin saber hasta ahora que lo que empezó como una fuerza irrefrenable ha acabado siendo una vocación que nunca elegí conscientemente. Porque mil vidas viviría pero me tocó esta y la vivo intensamente.

Siempre hay luz al final del túnel

Pienso en la volatilidad de mis circunstancias personales frente a la roca inmóvil del paisaje, a la insultante hostilidad de lo que nunca cambia: el dolor de mis piernas, la sensación de desasosiego que sin embargo intuyo curativo. Porque este hobby me ancla dentro del marasmo que es mi cuerpo. Mi mirada se endurece y está fija, pero hacia dentro. Sigo repitiendo mi mantra: “Juan, te quiero” y exudo gotas de amor fraterno.

Observo mi vida por encima de mi propio hombro. Se convierte, cuando corro, en la atalaya sobre la que apoyar mi mentón. Le pasa a las personas que miran tan de cerca que a dos centímetros de los ojos todas las caras parecen iguales y el amor se expande y acampa.

Lo mejor siempre está por llegar. A los estetas del correr la belleza nos encuentra en los momentos más perros. Se trata quizá de la única forma en el que el más común de los mortales en cualquiera de sus días o de sus noches más ordinarias puede elevarse a una altura perturbadora y transformarse en una suerte de descanso, un olvido, una tregua, una ampliación del plazo y, por qué no, una huida de la vida cotidiana hacia los territorios celestiales. Y así aspiro, con tacañería, el aroma leve y plácido que tiene todo lo valioso.

Escrito por Juan Romero

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