La bicicleta de Lucía

¡Taxi!…¡Taxi!,… grité mientras enseñaba la mano como si fuera a parar el tráfico. Se me había hecho tarde y reunía más prisa que peatones tenía la acera y que me impedían el paso justo al salir del hotel. Salir a la calle fue como sacar la cabeza después de una inmersión y ser azotada de sorpresa por una ola destemplada.

Hace cincuenta minutos -menudo contraste- estaba sumergida en una bañera algo oxidada que se apoyaba como un barco varado directamente en el avejentado suelo de listones de madera que compartían habitación y closet. Rodeada por pompas de jabón que emitían un agradable olor a vainilla, estaba hundida hasta el cuello en la tibieza del agua y observaba la cama adoselada tan impropia de un hotel situado en el Midtown de Nueva York.

Esta mañana quería visitar el sur de la isla y a través de su Quinta Avenida llegaría rápidamente en taxi. Releía mi resobada guía de bolsillo, donde había marcado la calle 42 en rojo.

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Antes del placentero baño, había estrenado la fría mañana de este jueves de noviembre correteando cinco millas (8 Kms) hasta que me di de bruces con el primer rayo de sol que mi aplicación de móvil predecía para las 7.44. Para entonces, las acristaladas fachadas -gracias a su brillante opacidad- reflejaban la menguante luna que impactaba en los rascacielos que rodean Central Park. 

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El taxista llevaba turbante rojo y tenía una piel cetrina. Acumulaba amuletos y baratijas que se desparramaban por la guantera. La rectitud de las calles y el desorden de su taxi no concordaban. Su inglés era tan deplorable como su grasiento pelo que asomaba brillante por debajo del refajo. Su hirsuta y acicalada barba blanca tapaba su prominente barriga y toda su redondeada figura exudaba una paz que en esta ciudad de las prisas se me antojaba divina. Aunque hacía pocas horas que había llegado a Manhattan me era muy fácil familiarizarme con la amabilidad de sus pobladores.

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Había escogido este hotel ubicado en la Avenida Lexington por su proximidad con Central Park. Llegar a los contornos del parque antes del amanecer fue por tanto un juego de niños. Calles rectas con un destino único. Esta mañana había abandonado el hall de este hotel orgulloso y vetusto, que mezclaba una coquetería propia de quién sabe que su encanto emana de la experiencia y también de una efímera y desvergozada frescura juvenil.

A esas horas tan tempranas, correr era un asunto más cercano al placer que al sufrimiento. La filmografía, sobre todo del siglo pasado, se había encargado de proveer a la ciudad de localizaciones singulares que la hacían merecedora de una vocación agradecida de eterno escenario. Correr por sus calles hizo sentirme como una notaria, que daba fe de la belleza de sus rincones y sobre todo del sobrecogedor contraste entre la húmeda pradera del parque y el encuadre, vertical y esbelto, de sus rascacielos. Esta enconada pugna estética entre la naturaleza, siempre cercana y horizontal, y por otro lado mi irrefrenable fascinación por las alturas de unos arquitectos soberbios. No me importó que la oscuridad del amanecer hiciera de la espesura del parque un lugar peligroso, para mi era más acuciante la necesidad de desnudar mis dudas que hacía tanto tiempo me asaltaban.

Quería, al venir a Nueva York, solventar las preguntas sin respuesta de mi vida; Había tomado calles sin salida y atajos que después de deslumbrarme acabaron siendo intrincados laberintos.

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No me he presentado todavía. Me llamo Lucía y he cruzado el charco para, dentro de 3 días, el próximo domingo 4 de noviembre, correr la Maratón de Nueva York, rito iniciático de 42 kilómetros con el que finalizar un nebuloso periodo de mi vida. Quiero resetear y empezar de cero.

Hace más de doce años que la palabra entusiasmo desapareció de mi boca y es por eso que quise viajar sola. Alejarme de los paquetes turísticos que ofrecen las agencias mayoristas. Había preparado esta carrera con innumerables kilómetros hechos en soledad por la playa y por caminos rurales entre naranjos. La sal y las acequias han atenuado mi existencia de la más que probable náusea y que me han ayudado a buscar mi mejor versión dentro de mí misma.

La posibilidad de horadar caminos me concedió la tregua necesaria para, mientras tanto, prepararme a recoger del subsuelo mi pesado pasado. Quería demostrarme que la ilusión inicial por correr se convertiría en una costumbre sin rutina, en un sumergirme en la inconsciencia continua, en un duermevela preñado de confidencias íntimas. Fue una suma de momentos, ocasiones de poner mi mente en blanco y crear un nirvana de paz.

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El salitre blanco tatuaba mis piernas. Esa playa fue testigo de mis desvelos que evaporaban en cada golpe de mar, en cada ola llegando mansamente a la orilla. Los asuntos pendientes y urgentes se ponían en fila de a uno y se organizaban al ritmo de mis zancadas. La quietud del momento se apretuja quejosa y empuja mi mente, se bate ruidosa como avispero.

Había encontrado la actividad de las enésimas oportunidades. Gracias a correr, día tras día surgía una nueva oportunidad de desagraviar mis fracasos y mis excesos. O me curaba corriendo o moriría como persona. Había encontrado un espacio y un tiempo donde la necesidad de reclusión podía parecer la de una mujer solitaria e inadaptada pero que al contrario, gracias a ese voluntario aislamiento, me enfrentaba a mi destino a través de la meditación. Me convertía en ligero viento viajando en silencio. Solo mi destino me oiría gritar.

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El blanco roto del WALK en el asfalto y las escasas nubes que rodean a una luna ya cansada, son mis únicas compañeras. El chasquido de las hojas amarillas que provocan mis sutiles pisadas se acompasa con el vaho de mis jadeos. Una vez alcanzado el perímetro del parque me desvío bajando por la Quinta avenida. Quiero conocer a golpe de cadera esta importante arteria. El aire fresco azota mis menudas mejillas. Necesito vivir la ciudad más allá de los planos. El tráfico es escaso y, a esas horas, solidario. Apenas reduzco la velocidad en los cruces de las calles perpendiculares. Paso por delante del Empire State, del Chysler Building, del Flatiron,…una gran hilera de edificios deslumbrantes que empequeñecen todavía más el vahído concepto que tengo de mi misma. Las farolas me miran inquisidoras a intervalos pautados proyectando mi escueta sombra que se alarga y se contrae como la propia deformidad que es mi vida.

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No sé cuando empezó a taladrarme la necesidad de levedad. Supongo que al desaparecer Mateo de mi día a día, quise ser más tenue y hacer de mi existencia una manera más etérea de sobrevivir. Mi vida matrimonial había sido francamente prescindible, sin emoción, una ridícula y esperable secuencia de actos que acentuaban mi sensación de vacío. Mi tránsito por este mundo era como un apeadero sin trenes que acabó siendo vía muerta. La educación recibida, llena de moralidad y corrección en las formas, lejos de acunarme me hizo sentir sola. Mi vida se dirigió por caminos ajenos a una voluntad que creía madura y llena de razones.

Me relacioné con gente afín de uniformes modales. Crecí con la nefasta sospecha de haber tenido la suerte de nacer en el lugar más adecuado. Me lo creía. Y al hacerlo juzgaba a las personas solo por el hecho de tener diferentes costumbres e ideas que no coincidían con las mías. Viví empavonada de mis pluscuamperfectos pensamientos que argüí justos e irrebatibles porque excluían por definición a sus opuestos. Y me dijeron que era imposible navegar en bicicleta y que por algo existían los barcos. La lógica del pensamiento uniforme no admitía fisuras. Mi físico, herencia de una genética benigna, me auguraba un porvenir de lo más lustroso. Era una mujer sentada en el quicio de su existencia que debía de hacer lo mandado hasta que me fuera revelado mi destino. Me limité a ver la vida pasar.

El destino se manifestó tomando la forma de Mateo. Así lo creí a pie juntillas porque era un hombre neutro, inspirador de certezas y de protección. A mis veintitantos años deseé acumular certidumbres para dormir el alma y convertirme en una simple superviviente. Mateo tenía un buen empleo porque su padre lo había introducido en un periódico y había medrado como crítico de cine y arte. Coordinaba el suplemento dominical dedicado a asuntos de literatura y gracias a esto pude asistir a actos públicos, recepciones, estrenos y saraos diversos. Conocí a escritores, pintores, escultores, periodistas,… seres que tejían con su mente bellas historias y con sus manos pintaban increíbles lienzos.

Mateo me abandonó después de tres años de insulsa convivencia. Se fue con mi mejor amiga Clara. Todavía se me revuelven las tripas al pensarlo, náuseas que con los años a duras penas he podido dominar. Me fui enterando de sus viperinas mentiras. Él me decía que necesitaba espacio, oxígeno para que su vida no se amoratase. No me di cuenta que su tiempo libre lo gastaba en ella y que el brillo de sus ojos crecía cuando se acercaba la hora de irse a trabajar para así no tener que muñir la alegría desbordante que poder verla le producía.

Todo se paralizó con la misma brutalidad que provoca un bostezo inacabado o un sollozo sofocado sin piedad. Yo tenía entonces 26 años y pensaba que la vida nunca cambiaría de manera sustancial. A partir de entonces perdí definitivamente la inocencia y abatida me entregué a la aniquilación de todo lo que pudiera generar alegría y la tristeza campaba a sus anchas.

Me entretuve en manosear la idea de que el entusiasmo era un veneno para insatisfechos. Desnuda de deseos, abracé la idea de morir como la única manera de quitarme de en medio. Pasé casi un año aturdida y sin resortes. Los parabienes y los bienintencionados consejos caían en saco roto, me limitaba a fingir que estaba bien y a cada poco cogía imperceptiblemente el aire suficiente con el que sobrevivir hasta la siguiente bocanada.

Darme cuenta de la luz que estaba escondida dentro de mí y que nunca me había abandonado fue un hallazgo que, como un fogonazo, me catapultó como un cepo cuando toqué fondo en mi bajeza existencial. A partir de entonces, ahondé con artesana paciencia en modos de vida decorosos en los que la dignidad pivotase sin pudor en lo imperfecto.

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Hablé por teléfono con Amparo, una buena amiga de la familia, en otoño del 2000. Ella trabajaba en Valencia como fotógrafa de moda y publicidad y como complemento daba masajes deportivos. En Diciembre me decidí. Iba a remar en el proceloso océano en el que se había convertido mi vida. Aguas profundas y negras de las que necesitaba arrancar mi ancla existencial. Me mudé a Valencia para liberarme de la pesada cruz en la que se había convertido mi vida.

Me alojé en su ático, en el céntrico Barrio del Carmen. Me cedió una pequeña habitación abuhardillada de lánguidos pero bellos atardeceres anaranjados. Me llamaba poderosamente la atención sus huesudas manos de venas saltarinas que parecían pugnar por alejarse de su breve cuerpo. Los martes y jueves por la tarde su pisito se llenaba de corredores que esperaban pacientemente en una cocina que hacía de sala de estar improvisada. Para entonces, yo no hacía deporte y me limitaba, tan solo, a disfrutar del placer estético que me producían los cuerpos perfectos que allí se congregaban.

Al principio del curso académico frecuenté un antiguo hospital que, reformado, servía de Biblioteca Pública a miles de valencianos. Empecé a estudiar Enfermería porque quería ayudar a la gente, porque quizá podría tener el efecto colateral de ser yo misma la que resultase ayudada algún día. Evitaba el mogollón de la planta calle y subía al cuarto piso por unas escaleras empinadas. Me sentaba en la mesa delante de un ventanuco que mostraba el tejado rojo de un edificio contiguo y una ventana que tenía los marcos verdes y una jardinera con geranios. A cada rato, levantando la mirada de mis apuntes, mis ojos se hipnotizaban con el rojo apagado de tejas húmedas.

Al volver a casa me encontraba con los corredores que estaban de tertulia. Unos habían ya pasado por las huesudas manos de Amparo y otros esperaban su turno. La casa olía a mentol y aloe vera. Hablaban de sus cosas,… rezumaban libertad, autocontrol y superación. Yo solo estaba capacitada para imaginar esa sensación pero empezaba, sin ser consciente, a quererlo barruntar. 

Un día de verano Amparo me pidió que la ayudase a pintar la habitación que utilizaba para dar los masajes. Me explicó que la iba a pintar de índigo porque era el color indicado para combatir el estrés. Pasé buenos ratos en la habitación recién pintada e intenté ordenar mis pensamientos. Pensé que buscar la flor perfecta nunca es un tiempo perdido e intenté sentir la vida en cada sorbo de aire. Imaginé jilgueros soplando y bicicletas navegando y aprendí a no pensar. Intenté dejar atrás las noches sin sueño y los días sin ánimo.

Una tarde de septiembre me calcé por fin unas zapatillas y salí por la puerta, atravesé la ciudad y llegué sin querer ante el mar una noche al relente de un caluroso y tardío verano. Y me senté frente a su inmensidad y su rítmico murmurar.

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He hecho ya las compras. Me encuentro en la esquina de la Quinta con la 42 y subo andando. Me gusta andar entre desconocidos por la sensación de pasar totalmente desapercibida. He gastado muchas energías en estos últimos años en el ciclópeo trabajo de reconstruirme. Mis gastados vaqueros son hoy mi único tesoro. El escaso equipaje traído a Nueva York me hace sentirme ligera y sin rémoras que hagan de mí un ser estático y sedente atado a lugares, personas o ideas. Hace doce años mi vida se había convertido en algo demasiado insoportable y al tocar fondo todo lo que me sucedió después fue un regalo que tuve que abrazar. Esta mañana de jueves me he levantado antes de que un imaginario gallo neoyorquino diese por finalizada la larga noche en la que se había convertido mi vida. Esta mañana destripo Manhattan y en un rato estaré saboreando un helado de vainilla en una terraza tibiamente soleada de Central Park.

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Quedan lejanos los recuerdos del pasado cuando, de viaje de novios, me tumbaba con Mateo en la pradera de un verdor gastado de septiembre. La pradera se convirtió así en el paradigma de la felicidad turística a la que se suele aspirar y que el tiempo se encargó de darle una pátina de irrealidad. Hoy iba a tumbarme de nuevo, antes de que el sol se esfumase detrás de los rascacielos y dejase de notar su tibio calor en la cara. Cerraré los ojos y los abriré de vez en cuando, para así disfrutar de la placidez confiada del que siente que un océano está a punto de calmarse.

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Echada tripa arriba en la pradera de Central Park veo mi vida girar en todas las direcciones posibles y entiendo que nadie se cruza en nuestra vida por azar y que todo aprovecha. Quiero encontrar en mi interior un giro copernicano y vengo desde España para atisbarlo. Visualizo la carrera de mañana domingo. Cruzaré el puente de Queensboro allá por el kilómetro 25 de la maratón y me sumergiré en el bullicio ensordecedor de Manhattan cuando -en la Primera Avenida- me abrace la muchedumbre con sus gritos. 

En pocas horas, al domingo ya se le podrá llamar domingo y los tres grados del exterior del hotel serán menos fríos gracias a la adrenalina generada. Sé que dormiré poco y mal. Cuando me despierte, lo único que tendré que hacer hasta las nueve de la mañana, hora del pistoletazo de salida, será seguir a los corredores que a esas horas se arremolinarán como hormigas obedientes en busca de transporte con el que bajar por Manhattan y, cruzando en ferry, juntarse con otras 44.000 almas con idéntica voluntad estoica.

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Empezamos a correr. La paz se apodera de mi por estar haciendo lo correcto. Moverme es una estupenda manera de encontrar la quietud que ansío. Me cuesta vivir de presentes y tanto el pasado como el futuro se me pegan como la miel. Me pesa el uno como la posibilidad de todo y el otro como la realidad de nada. Todo aquello que no conseguí ser se convirtió en un humo que estuvo mucho tiempo detenido y ahora quisiera ventilar.

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Hemos abandonado ya el barrio de Brooklyn y atravesamos el de Queens. Son los albores de la carrera donde todavía nada es gravoso y fluyen fácilmente las sinergias entre todos los corredores. El atletismo es un asunto de últimas piedras y será más adelante, una vez pasado el puente de Queensboro, donde todo cobrará su doloroso sentido.

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Ya se veía desde lejos, antes incluso de cruzar el East River. El puente de Queensboro ha acabado por engullirme poco a poco hasta hacerme sentir como un insecto en una pegajosa tela de araña. Su estructura, llena de remaches metálicos, me genera una sensación de angustia que distraigo como puedo. El sol se cuela entre sus uniformes nervios. Observo las sombras alargadas que estamos proyectando en el rugoso asfalto y se genera un incómodo silencio solo roto por el clap clap de nuestras pisadas. Hay solemnidad en estos precisos momentos porque sabemos que al final vendrá el rugido del público jaleándonos sin descanso hasta la meta situada en Central Park.

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Estoy sumergida en mis pensamientos pero me doy cuenta de que está a mi lado. Ha sido en este lugar tan emblemático. Hay momentos o lugares de los que uno no puede separarse y se siente la fuerza de la atracción despiadada del destino. Y lo que en un principio parece fruto del azar se acaba consolidando como necesidad. A veces la vida tiene estas cosas, te lanza una piedra y te golpea brutalmente y te dice “mira que eres tonta” para luego después, callarse por un rato. Me ha lanzado lo que siempre busqué y nunca tuve la paciencia ni el coraje de esperarlo. Su aparición tuvo el efecto de un dominó que me hizo tambalear y me hirió sin ambages. Me descerrajó el cerebro abriéndome el corazón.

Me mira. Es de esas miradas que no hacen otra cosa que acrecentar las preguntas y menguar las respuestas. Porque desde este mismo momento intuyo que sólo tengo la exclusiva misión de formularlas haciéndolo tan lenta y torpemente que siempre se generen otras y que nunca me las conteste todas.

Su cabello undoso y gris, como el cielo reflejado en la estructura metálica del puente, su piel brillante y morena me impide renunciar a lo que se me antoja como una guerra. Cuanto más lo miro más me irrita, su belleza me está produciendo dolor y al mirarlo me obligo a tener que decidir rápidamente si ceder ante su embrujo o por el contrario presentar batalla.

Su esencia es su ser y su ser es por tanto esencial. Mi vida necesita precisamente la luz que a él le sobra y al mirarme tengo que proteger mis ojos de sus luces largas, en la cerrada noche de mi carretera comarcal. Noto que me ha ganado la batalla y mi inicial y ligera vacilación se ha ido desnudando de prejuicios. Tengo una certeza que prevalece sobre muchas otras, la de que voy a recuperar por fin el tiempo perdido.

Será por su manera de mover los brazos, con una determinación tan heroica que parece sacada de los libros, será su rítmico y leve percutir contra el suelo con sus felinas piernas tan bellas que parecen sacadas de un espectáculo de variedades. Será su camiseta blanca y pantalón negro que conjuntan tan bien con las zapatillas. Tengo la sensación de que nos conocemos de toda la vida. Con una sonrisa difícil de olvidar, me dice:

  • Me llamo Pablo, ¿Querrías acompañarme hasta meta?

Me mira con una delectación más propia de un hermano que de un seductor curtido. Se acerca un poco más y me susurra al oído:

  • Confía, de ésta salimos vivos.

No puedo articular ningún tipo de sonido y me limito a sonreír como una tonta enamorada. Subimos por la Primera Avenida en pos de una meta que, ya desde entonces, se me antoja más ligera. Sólo me pide confianza a cambio de dármelo todo. El Amor no entiende de números ni de cálculos, se entrega entero.

Voy a cruzar el Atlántico de vuelta a casa montada en una reluciente bicicleta.

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