De la ternura, el arte y la curva

Evitaré a partir de ahora, en la medida de lo posible, a las personas que dan un continuo y exclusivo valor a la recta, al minimalismo y a la razón. En ésas personas hay en el fondo mucho miedo al dolor, al error y al horror.

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Mi zapateo diario me acuna en sensaciones arraigadas en el fallo porque cuando corro zarceo casi siempre en la frustración y en lo feo. El cálculo erróneo de fuerzas en un trote mal ponderado y que hace del esfuerzo algo insufrible; la aparente frustración por un dolor estéril y sin brillo; la fealdad de un paisaje o mi vergonzante arruga contrahecha por el esfuerzo doloroso.

Mi fuerza se me muestra más perfecta en la flaqueza, se muestra gracias a mi debilidad.

Me apropio de mis momentos. Son sólo míos. Terreno incomprensible para otros porque me los invento. Este imaginario está nutrido de sensaciones, de emociones, de afectos, de multitud de surcos forjados en los caminos del extrarradio urbano. Caminos que tienen pellizco. Correrías artesanas con cierto aura divina. Lugar habitual de las dudas y del purgar errores. Silencios provechosos y verborreas sin sentido, horas en silencio atiborradas de palabras interiores que a ratos se traspasan por la verdad de la autenticidad que son mis zapatazos. Acumulación de kilómetros, continuas miradas vis a vis hacia la esencia de lo que soy, biografía plagada de senderos que atribuyeron a mi mirada una visión singular. Mirada de alguien que ha ido más allá que el resto y del que nunca podrás regresar del todo.

Mientras zapateo veo mi vida deslizarse por el digno paisaje que disfruto. Foto trucada, película post-producida de antemano que se mixtura en mi alma en negativo, en un blanco y negro transformado por colores intimistas. Ése amigo que, sin ruido de palabras, entiende y comprende mi más íntima intimidad. Correr benevolente haciéndome cargo de mi pesar, de mis desvelos y mis ilusiones. La cita diaria que no defrauda aunque las manchas del vivir llene de cercos el polvo de mi caminar. Y a diario me golpeo contra el suelo para destilar las suciedades que abandono por todos los caminos. Y ese peso del ayer se lo lleva la crecida de un Ebro impetuoso y cambiante…

Aparecen las inspiraciones, los afectos más rotundos y virginales, los propósitos y las listas de tareas que ansían ser trasladadas a un papel en cuanto franqueo la puerta de mi casa. Y nacen la concentración, la autoconfianza, la motivación y la actitud activa que necesito.

¡Experimento la sensación de lo alegre! Las circunstancias que me vienen impuestas son propias de un mundo de adultos. Yo, que quiero ser un niño despreocupado, me lanzo a la calle a jugar con mis zapatazos. Mi imaginación se dispara e inventa mil maneras de sonreír y mil motivos para hacerlo. Elijo ser un niño, ése perfecto mocoso que pregunta todo. Sin miedo a mis defectos y sin estimar en exceso mis fuerzas.

La libertad del exceso, ésa quiero. Aunando riesgo y avance, a días juego y otros compito. Y me debato entre su agonía y su placer. Y los mezclo con sumo cuidado para que no me exploten en la cara. Como un niño ávido de conocimiento avanzo en el gobierno de mis contradicciones y me venzo de continuo. Nunca se puede caer más bajo que un niño torpe o travieso. Y sonrío al pensarlo.

La libertad de un exceso lleno de conciencia: de ahí saco a diario pozales de alegría, de felicidad escondida tras el brocal de mis zapatazos.

Trotes con y para el corazón, a mitad de camino entre la autocompasión y la exigencia. Cita diaria con la baba sintiente que se me cuelga a cada curva, deslizándome entre los surcos del camino y anegado por crecidas que año tras año me atoran sin conseguir ahogarme.

La alegría de mis zapatazos. La piedad de mis sentimientos.

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