“Correr el maratón”

En marzo de 2006 llegó a mis manos una revista llamada “Nuestro Tiempo”. En ella, mi amigo de la adolescencia Toni Cózar, relata primorosamente su experiencia en el Maratón de Roma del año anterior. 

Hace unos días le pedí permiso para transcribir su relato que él mismo titula “Correr el maratón”. 

“Roma y Lido-Ostia. Marzo y diciembre de 2005. Éxito y fracaso. Dos maratones, una expresión. Palabras grabadas en un i-pod al ritmo de una orquesta que dirige el corazón y que interpretan unas Saucony. Resultado: una música que suena a cotidiano y tiende a la épica, una canción de Dylan sentado en un Cadillac por el desierto de Arizona. Sin sombrero.

El maratón nunca comienza con el disparo de salida ni acaba al cruzar la meta. Sus tentáculos invaden el calendario conquistando los meses anteriores y las semanas posteriores, abarcando una entera fracción de la vida. Los días previos son iguales para todos, profesional o corredor popular: poco entrenamiento, relajación psíquica, cuidado de la alimentación haciendo hincapié en almacenar hidratos, repaso de la táctica y del recorrido. Los posteriores, depende.

La tipología de los maratonianos es amplia. Padre de cinco hijos, magro y de pequeña estatura, debutante en maratón con más de 40 años; pueblerino para el que correr y competir contra sí mismo son sinónimos; cincuentón con hijo que cree que su padre es dios; ama de casa de barrio en expansión que se inició en el jogging para conocer amigas; veinteañero en constante lucha contra el sobrepeso, dispuesto a darle una alegría a su novia; sexagenaria europea en busca de independencia y libertad; y un largo etcétera; y cada uno.

El maratón permanece oculto, se descubre por casualidad: al girar la esquina o al bajar a la calle para comprar sellos. ¿Curiosidad? No hace marketing, no lo necesita. Es un producto que engancha, que entusiasma en su esencia. ¿ Por qué? Nadie lo sabe. Y nadie se lo cree hasta que lo experimenta.

El primer cuarto

Los minutos previos a la salida del maratón son estremecedores. Miles de personas enjauladas, calentando. El corredor crea el maratón siendo él maratón. El speaker te alaba, te adora. Sus gritos tienen la función de poner en ebullición la adrenalina. Delante, a pocos metros, los que ganarán la carrera. Detrás, el resto, los miles. Entras en éxtasis y no paras de agitarte. Huele a cremas, linimentos, piel y sudor. Por dentro, frío y vacío, sin ganas de correr. ¿ Por qué estoy aquí? ¿Adónde voy? Miedo ante el esfuerzo que se avecina, nervios, concentración. Un lenguaje de síes y cuándos. Repasas mentalmente la carrera, te imaginas llegando. Amarras cien veces los lazos de tus zapatillas. Tú contra el maratón, las plantas de tus pies contra el asfalto. Como siempre y como en todos, contra ti mismo. Eres responsable del número central de un maravilloso espectáculo en cuatro actos.

Después  de varios días de lluvia ha salido el sol. Sopla una ligera  brisa que viene del mar. El termómetro marca 9 grados. Se ven guantes, pantalones largos y gafas de sol, camisetas técnicas coolmax y camisetas de tirantes. El dorsal lleva adosado el chip cronometrador. Vuelan por el aire camisetas de algodón utilizadas para calentar. Una bandada de gaviotas. Los maratones empiezan en lugares emblemáticos de las ciudades. Un avión sobrevuela nuestras cabezas, parece que se sostiene en el aire. Dentro de hora y media todos querremos levitar.

Se habla de tiempos y de espacios, para olvidarlos. Se estiran músculos. Estoy en tercera fila. Nos apretamos unos contra otros. La marea humana de compacta. Pistoletazo de salida. La tensión decae, los nervios desaparecen. Cuidado con las caídas. Sigo al pacemaker de globos naranjas, el de las tres horas. Es importante coger el ritmo desde el inicio. La sangre del maratón fluye por las venas de la ciudad, chorrea. Superamos el segundo kilómetro siguiendo el compás. Perfecto.

Durante los primeros kilómetros corro inmerso en un pequeño grupo cuyo número no es fijo. Somos un clan, nos servimos unos a otros, nos ayudamos con el agua y nos animamos con bromas. Caen elementos como fruta madura. Se añaden componentes que aportan savia nueva.

Trabaja el Aolín. No siento nada. Pasar por el décimo kilómetro es como arrancar una hoja del calendario: diez menos. Corro sin esfuerzo, me dejo llevar.  ¡ Ojalá todo fuera así ! No hace falta mirar el cronómetro. Vas bien. Aun así se mira, y se comprueba, y se calcula.

Periodo de transición

Uno tras otro, los kilómetros ceden. Kilómetros sin historia, sin futuro, sin recuerdo. Kilómetros que hay que recorrer para llegar a lo serio. Seguir, sin pensar, la raya azul que pintada sobre el asfalto marca el recorrido. Todavía quedan corredores capaces de bromear en voz alta. Repentinamente, de dentro, brota la necesidad fisiológica. Empieza a pesar y ocupa el cerebro. Parada. El tiempo perdido hay que recuperarlo. Poco a poco. La función continúa. No hay tiempo para cambios de vestuario ni entradas ni salidas. No hay que obsesionarse: al maratón se le gana con paciencia.

Dar las gracias en los avituallamientos, aunque no me oigan. Agradecer el trabajo de los policías, de los voluntarios, de protección civil, aunque sólo sea con un gesto de la mano, con la elevación del pulgar o el movimiento de las cejas. Son los cirineos de nuestro calvario. Al reproducir la grabación de mis palabras escucho la respiración, el aire, el roce de la camiseta. No se oye gente. A esta hora del domingo todavía están las calles vacías. Poco ambiente. Es la parte del recorrido que transita por los exteriores de la ciudad: grandes avenidas e incluso circunvalaciones. Aplausos aislados. Silencio. Se oyen las pisadas.

maratonroma

El peligro de querer recuperar el tiempo perdido acecha en cada curva. Todavía no hemos visto al fotógrafo. Un amable espectador que cuenta uno a uno a los participantes informa: el 312.  Se oye el silbato de un policía de tráfico. Una recta gigantesca ante nosotros, unos 4 kilómetros, para desembocar en el medio maratón. Pasos ( cloc, cloc), aire, jadeo (uf, uf), más pasos, roce (ras, ras) y más pasos. Aparece el fotógrafo. Gracias, José María. Latidos del corazón (tic, toc), presión arterial ( tuf, tuf), pisadas ( chaf, chaf) y zancadas.

Manolo, según lo acordado, aparece en el 20. Trae la botella con el brebaje: agua, sales e integradores. Bebo, apuro hasta los posos. Luego la dejo caer sobre la acera. Media maratón en poco más de hora y media. La parada pasa factura, una factura que pagaré a razón de 4 o 5 segundos durante 7 u 8 kilómetros.

Sólo queda Volver

A partir del medio maratón, los músculos empiezan a notar la carga. Comienza un proceso como de atrofiamiento o acartonamiento muscular, lento. Es el momento de las pastillas de glucosa. Son kilómetros en los que se encienden las ganas de abandonar, kilómetros infernales contra los que se lucha pensando que sólo queda volver, sólo la mitad. Como el frío, es una sensación psicológica. Idéntica situación se ha sufrido muchas, muchas veces, en entrenamientos.

Son kilómetros que acercan al centro histórico de la ciudad. El gentío ya se agolpa en las aceras y aplaude. Se escucha de fondo el sinfónico sonido del claxon de los coches. Por una vez tienen que esperar. La calle es de los corredores. Se sigue sudando. Todavía funciona el cuerpo. Miras a derecha e izquierda. Caras bonitas, alegres, sonrientes. Recibes la bendición del público y caes en la cuenta de que no tienes valor para defraudarles. Muchedumbre. Mirones y algún que otro malhumorado atrapado por el maratón. Trajes de fiesta, chándals. El grupo del pacemaker de tres horas se ha reducido considerablemente. Ya no necesitamos fijarnos en él, el automatismo se ha apoderado de nuestra anatomía.

Hay también otras sensaciones, otros pensamientos: los del corredor que por ignotos motivos es obligado a saborear la hiel del hacer mutis. Le duelen horrores las articulaciones. Los músculos de la espalda están tensos. Rígidos y calladamente realizan su labor de zapa, de desgaste, de erosión. Está absolutamente pinchado, no lo entiende, no lo entiende, no lo entiende. ¿ Dónde está el entrenamiento? ¿dónde los cientos de kilómetros recorridos, las horas en el asfalto? ¿ No ha sido el hombre prudente que edificó su maratón sobre la roca de la constancia?

Increíble, hay algo que no funciona, pero lo desconoce. Le duele todo y mucho. El cuerpo te juega una mala pasada en el momento más inesperado. Cara mezcla de horror y confusión. Las suelas de los pies se fríen, están achicharradas. Los cuádriceps quieren expandirse más allá de sus límites epidérmicos. Del mecanismo de relojería corporal saltan  engranajes. No puede más, se va a parar. Lo hace en el kilómetro 24. A partir de ahora, nada. Hasta el 30 camino rápido, con varios intentos de volver a correr. Nada. Calambres. La gente que le adelanta lo anima. No puede más. No quiere escuchar. Desea gritar contra todo y contra todos, contra sus piernas que no van y contra las de los demás que todavía funcionan, pero tampoco tiene fuerzas en las cuerdas vocales. No apreciamos lo que tenemos hasta que lo perdemos. Es la primera vez, en siete batallas, que cae herido.

En el maratón, cuando corres los kilómetros al tiempo previsto y te duele todo, es que vas mal. Y de ir mal a ir muy mal sólo hay que pensarlo. Soledad. De vez en cuando una ráfaga de viento. Sombra, aire frío, humedad, asfalto, arena, olor a ciudad y a comida. Duelen las piernas. Se acelera el ritmo para alcanzar a una persona; se pierde la noción de la distancia y del tiempo. El hombre al que adelantas puede ser policía, carpintero o abogado. Da igual. Es el momento de discutir con la cabeza. El maratón se ha atomizado. Se escucha el rumor de cientos de regañinas entre corazones y cabezas. Pasas un tiempo hablando, olvidando el dolor. Sin fanfarronear se queda atrás. Ahora empiezan los problemas.

Lo que hay detrás del muro

El muro de los treinta no se eleva en un solo kilómetro, sino en toda la decena. En el 30, en el 32, en el 35 o en el 38. Todo es muro. Si vas bien, el muro se pulveriza, y si vas mal, no lo saltas. Puedes apostar a caballo ganador. Cuando llevas treinta kilómetros – quedan todavía doce-, estas son las dos únicas posibilidades.

En los momentos de necesidad, cuando parece que todo se hunde y serás embargado, las ciudades salen a tu encuentro. Las calles cerradas y estrechas animan a incrementar la velocidad. Es muy peligroso, pero uno se siente seguro y ligero. Los objetos y las personas pasan por la pupila, difuminadas. Se escuchan gritos de ánimo. ¡Vamos, vamos! Pura tenacidad. El traqueteo de las caderas provocado por el irregular pavimento pasa a un segundo plano. Sólo importa continuar. Dar un paso más. No pararse.

Los aplausos, los niños pequeños endomingados, el bullicio, empujan. Una mano invisible. El sol se cuela por las pequeñas rendijas que dejan los árboles de la avenida. Sube la temperatura exterior, pero el cuerpo está frío por la emoción, cadáver. La mirada al frente, a veces al suelo para no tropezar. Y dar gracias. Beber sales por última vez. Jadeos. La mitad del líquido del vaso se te cae. No importa. Quieres ahorrarte hasta el esfuerzo de beber. Toda la atención puesta en las piernas. Aunar, concentrar las energías. A partir del 35 los kilómetros parecen más largos. Es algo en lo que todo el mundo está de acuerdo. Empeño, deseo. En el 38 la memoria recuerda recorridos de cuatro kilómetros hechos decenas de veces en entrenamientos. No queda nada. La cuenta atrás es lenta pero constante.

¿Qué duele? Mentiría si no dijera que todo. Los gemelos y los cuádriceps, las caderas, los tendones uno a uno, los hombros y el cuello, los pies y la rodilla. Mortalmente cansado. Hay que seguir batallando, avanzar. La pancarta se asoma como el sol en la aurora, luminosa, colorida. En un último esfuerzo se es capaz de acelerar, incluso de asearse pensando en la foto. El pico, 195 metros. Miras el cronómetro por manía, pues eres consciente del éxito o del fracaso. Has sido consciente prácticamente desde el principio, ahora sólo es la confirmación. Los organizadores sonríen. No les has defraudado.

Llegas a meta chupado, demacrado. El mar del maratón te ha absorbido las entrañas hasta dejarte como un palo. Tiempo final: 2 horas 58 minutos y unos cuantos segundos.

Epílogo

La felicidad es inmensa. Estallido de euforia, placer sin contención. Embriagado y envuelto en un manto plateado para cubrirte del frío, o para que el calor no se despegue del cuerpo, te reúnes con los que ya han finalizado. Somos pocos. Llegarán a meta casi 9.000, algunos tres horas después. Se comentan tiempos, circunstancias, se olvidan los momentos malos y se exaltan los buenos. La actuación ha concluido tras un paralizante final. El telón se levanta y saludamos. Actores que tienen otros pescados que freír, otras cosas en que ocuparse, se marchan sin excusas, ágilmente. La llamada de la familia o el trabajo. Son los encargados de hacer picadillo cien teorías sobre la recuperación posmaratoniana.

Los personajes principales recogen los premios. Es su trabajo y cobran por ello. Y lo hacen bien. Los secundarios cumplimos la misión de esperar a quienes llegarán media hora, una hora más tarde. Al salir del teatro el público te pregunta, te acompaña, te aclama. Sienten, enfundados en sus trajes sin haber pagado la entrada, la cercanía de los artistas.

Del cuerpo parece haberse evaporado todo el líquido, y cada centímetro de piel se endurece como el barro al calor del horno. Exprimido. Las fibras musculares se cristalizan y los tendones se estresan. Amasado. El dolor se concentra en puntos concretos. Un dolor como una interminable granizada que aporrea toda la extensión de la piel. Morir mil muertes.

Apenas de regreso en casa se dispara un proceso de autoengaño: “No ha sido tanto el esfuerzo, todo podría haber ido mejor, en los kilómetros centrales me he despistado…” El corredor fija la fecha del próximo maratón y mentalmente pule errores.

Decía Marco Aurelio que es absurdo extrañarse de que la higuera produzca higos. También lo es sorprenderse de que alguna vez el maratón venza al hombre, o al menos lo hiera. ¿ Consejos para la batalla? En los asuntos del corazón no hay consejo que valga. Y el maratón es un asunto del corazón”.

Antonio Cózar Santiago. Escritor español (El Puig, Valencia, 1970). Licenciado en Ciencias Económicas y Empresariales. Ganador del Concurso de Cuentos de Navidad de La Gaceta de los Negocios 2005. Colaborador ocasional en periódicos y revistas. Trabaja como periodista en Roma, Italia.

Gracias Toni por participar en mi blog. Veneración es lo que siento por ti gracias a trotes como los que hacíamos por las praderas de Alcalá de la Selva (Teruel)  allá por 1987 y que construyeron lo que soy a día de hoy. Renglones torcidos para un guión perfecto. De ti también agradezco la afición que me inculcaste a la buena música, como The Go Betweens, grupo australiano que oía en vinilo cuando la única manera de escucharlos era por haber comprado tú discos en las tiendas especializadas de Londres. 

 

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