La bala de plata

           

Os comparto el email de uno de mis atletas. Está experimentando lo que hace años viví en propia carne, y que no es otra cosa que el lento pero inexorable ocaso deportivo. Lo mejor de todo es su sensibilidad, el cómo lo cuenta. Como diría el Fary: «es un fenómeno». Gracias, querido Alberto, por compartirme tu historia.

» Mi madre tenía -en su ecléctica biblioteca personal- un libro que desde siempre me fascinó: La insoportable levedad del ser y aunque confieso que no lo he leído, no es menos cierto que este título me ha aportado numerosas significaciones, tan recurrentes como sugestivas.

            Estoy atravesando una lesión que me impide hacer series a ritmo elevado, pero que me deja salir a trotar sin forzar la máquina. Esta circunstancia -si estás en plena preparación de un maratón- es especialmente grave. Llevo unas cuantas semanas, demasiadas siempre, haciendo caso omiso a lo evidente mientras trato de completar las series -que dejo muchas veces a medias-, con dolor.

            No es una situación grave, por desgracia la vida te ofrece otras muchas mucho más duras, con consecuencias más serias que la de no poder hacer -dentro de un mes- una competición. Sin embargo, para un corredor es duro, desequilibrante y grave. De repente, te quedas sin hacer lo que le da marcha a tu reloj vital y que además nadie te avisa de cuándo volverá a sonar el rítmico tic-tac.

            Personalmente, esta presión autoimpuesta se ha visto incrementada por las grietas que está dejando en mi maltrecha confianza. Ya están quedando muy atrás en el tiempo mis mejores marcas, pero llevo los dos últimos años empeñado en volver transitar los 42km a mi plena olvidada capacidad. Siempre digo que me quedan al menos dos intentos para conseguirlo y me dejo los cuernos en cada entreno desde hace 2 años para poder disfrutar de mis ‘2 últimas balas’.

            Esta es la segunda vez que en esa nueva búsqueda de la bala de plata, me he lesionado. Me estoy dando cuenta que este enfoque se ha convertido en una losa de un peso insoportable. He convertido la inocente idea de recuperar marcas pasadas en una peligrosa trampa para mí mismo. Persigo ese objetivo por reafirmar que mi potencia física no está en declive todavía, que queda pólvora en mis zapatillas. Como si cuando esto ocurra no pudiera seguir corriendo o no pudiera seguir disfrutando al correr.

            Estos días de parón me han hecho reflexionar sobre la idea de lo injusto que es ponerme ese peso encima. Me he dicho que una vez perdida la pólvora, buscaría otros ‘retos’ que me hicieran seguir apretando los dientes. Y creo que casi me he convencido.

            Afortunadamente hace unos días salí a correr sin expectativas,…a rodar. Ni tan siquiera puse música para que me acompañara. Comencé a trotar timorato, más pendiente de no sentir el dichoso dolor que del resto de cosas. Las primeras zancadas fueron ligeras, sin dolor. El entreno transcurría con fluidez: sin control, sin previsión…, mi cabeza, después de muchas semanas, no tenía nada extra de lo que encargarse durante el entrenamiento, ni tampoco música que me distrajera. Podía abandonarme a los vericuetos de mis pensamientos, dirigirme hacia donde me apeteciera sin rumbo predeterminado; y de repente apareció en mi cabeza de nuevo ese bendito título: la insoportable levedad del ser y comencé a darle vueltas hasta que aterricé a la deseable soledad del ser: a lo importante que es simplemente correr, a lo necesario que es estar con uno mismo para poder comprenderse en plenitud y a lo imprescindible que resulta poder estar a gusto y conforme con uno mismo (no es moco de pavo).

            En ese momento comprendí lo perverso que ha sido encarar cada nuevo maratón como la última oportunidad de ser mejor, como una confirmación innecesaria de que el tiempo no pasa para mí. Me hace abandonar el verdadero propósito de correr, que no es otro que correr. Me ha hecho olvidar el simple hecho de transitar de una zancada a otra, sin otra sensación que la del impacto que te impulsa hasta la siguiente, con la inigualable sensación de ligereza, plenitud, soledad y fuerza.

            Vuelvo a la carretera sin otro propósito que disfrutar de cada entrenamiento, de la adrenalina de un dorsal, de sólo tener que cumplir conmigo mismo».

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