Correr es la excusa

El pasado 27 de noviembre era un zombi transitando por el kilómetro 33 de la maratón de San Sebastián. Pensaba (cuantas veces lo he hecho) que no había necesidad de tanta penuria, sabiendo que en cuanto cruzase la meta estaría empeñado de nuevo en otra fecha en el calendario; Mi querido deporte de las enésimas oportunidades.

Mi interioridad trataba de vivir con naturalidad el dolor cierto y punzante que llega sin falta cuando corres larga distancia y con objetivos exigentes. Me gusta medir mi desempeño de vez en cuando (y esta vez tocaba). Siempre he pensado en los momentos más perros que lo que se sustanciaba de ahí a la meta era una batalla vital y no precisamente atlética. Porque -lo pensaba ya en mi debút a los 18 años- correr tenía más que ver con la actitud subjetiva, que con el frío y tantas veces desmemoriado resultado.

A mis alumnos les digo que la excusa es la asignatura de Economía (el contenido académico) ¿No les hacemos demasiado énfasis en la acumulación de conocimientos (in)útiles, y no tanto en la formación de su personalidad?

En la vida lo realmente importante es el espíritu de ser empresarios de nuestra propia vida, de lo que está de nuestra mano y por lo tanto no sirve de nada quejarnos o excusarnos ante nada o ante nadie, sino tan sólo a nuestra interioridad que tan bien sabe de nosotros.

¿No creéis que llegaremos rápidamente a nuestro verdadero yo gracias al atajo que nos proporciona la voluntad? ¿No pensáis que nuestra vida transita a la manera de cómo sucede en los kilómetros treinta y tantos del famoso muro? Lo que somos se resume en esos minutos tan feuchos que incluso producen nausea y que tan sólo debieran producirnos rechazo. Sin embargo, nuestros sentimientos han de ser esperanzados y tiernos a nuestra propia existencia. La Maratón siempre fue afectiva, dotada del poder de generar emociones tan fuertes que nos hacen mejores personas.

Y lo tengo claro: la felicidad de la entrada en meta -ese nirvana del que dejó atrás el infierno- se intensifica y potencia por el agónico trabajo mental y emocional del que quiere conseguir la meta dolorosa.

La maratón te cambia la vida, une a desconocidos y alimenta almas. Acaricia el corazón del que huye o busca. Es la EXCUSA para reconocernos limitados y necesitados de cariño, compresión y ayuda.

Ya estoy pensando en el 16 de abril en la Maratón de Zaragoza. Ahí te espero, queridos 42195 metros.

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