Todoterreno

Cuando pequeño me invadía la curiosidad por descubrir mundo. Ansiaba llegar -y mis piernas era lo que tenía más a mano– tan lejos como me fuera posible experimentando la catarsis del esfuerzo físico. El porqué lo desconozco, quizá alguien me lo instaló en mi ADN sin siquiera preguntarme.

Sentir la potencia en mis piernas, la fuerza del viento en la cara, la ligereza de mi cuerpo desplazándose, … era la sensación de un todoterreno capaz de llegar donde otros no podían.

La carrera a pie era capaz de alimentar pensamientos que -gracias a senderos, sudor y música-  podían fluir más fácilmente en mi cabeza. Un aluvión de trotes que forjarían mi carácter. Todos esos momentos distintos, con pellizco, irrepetibles.

Quería llegar al horizonte y traspasarlo. Los contornos de las montañas me pedían a gritos que fueran conquistados, porque en la mar sólo había más mar. Necesitaba orientarme en tierra y de esta manera ubicarme en el mundo, controlando todo mi entorno ¿Qué habría más allá de ese riachuelo? ¿A qué lugar me conducirá este sendero? Al llegar a una bifurcación, ¿Dónde me llevarían sus distintos ramales?

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En 1983 pasé las vacaciones de Semana Santa en un pueblecito de La Mancha, en una finca rústica de 500 hectáreas que mi padre administraba, situada en el término municipal de Ossa de Montiel. Llegar al punto geodésico «Cabeza de Sages» que dominaba toda la comarca era mi máxima ilusión. Estaba situado lejos, en uno de los linderos de la finca. Las piernas eran el medio de transporte más rápido que tenía. Hubiese deseado ir en coche, pero yo era mi propio todoterreno, el conductor de mi camino, la máquina que inyectando potencia sortearía madrigueras, cepos y campos de cebada o centeno, hasta alcanzar mi destino en solitario. Cuando llegué y eché un vistazo alrededor ya no alcanzaba a ver el caserío, punto de origen de mi excursión. Me sentía perdido, rodeado de carrascas y en un mar de cuadrantes verdes y ocres, arañados todos por un tal John Deere. Volvía asustado hasta que, por fin, aliviado divisé a lo lejos las paredes encaladas de la casa. Y ahí, supongo, que empezó todo.

Con el paso de los años, mi carácter de explorador no sólo no se ha aplacado sino que ha ido creciendo con la necesidad de ir más allá, de llegar a ese punto geodésico imaginario que me perseguirá siempre. Un poco más, siempre un poco más. La incontinencia existencial expresada en latidos y en sudores. Ese mundo todavía por conocer, llamándome a conquistarlo, a hacerlo mío.

Y así se entiende mejor que debutara en Maratón con 18 años en 1990 o que en el 2004 debutase en los Cien kilómetros.

Hace unos años una lesión, una bursitis en el calcáneo, me mantuvo unos meses en el dique seco. Me adentré en el mundo de la bicicleta que era la actividad que podía hacer sin dolor. Fue la necesidad de reinventarme y seguir porfiando por llegar a ese mojón que ya alcancé en La Mancha a través de caminos impracticables cuando niño.

Después de 3 meses, y tras más de 1.500 kilómetros pedaleando, me decidí a hacer los 184 kilómetros que, en idéntico recorrido de ida y vuelta, hay de Zaragoza a Tudela y que discurren por el Canal Imperial de Aragón. La BTT sería la que me prestase la sensación de velocidad, la potencia de platos grandes y piñones pequeños, el control para sortear charcos y baches. El hacerlo en solitario le daba a esta idea el marchamo, para mí fundamental, de libérrima aventura.

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Listado de tareas y datos previos al viernes.

El viernes 26 de febrero de 2016 di cumplimiento al plan. Tras casi 8 horas de frenético pedaleo me encontraba de vuelta en casa con la satisfacción del que, kilómetro a kilómetro, había conseguido que mis movimientos se hubieran liberado del obstáculo del voluntarismo y hubieran entrado en ese trance que confiere a los gestos la perfección de los actos mecánicos e inconscientes sin reflexión ni cálculo.

Saliendo de noche a las 7 de la mañana, hice en la primera hora 26 kilómetros, llegando a la altura de Pinseque. Luego llegarían Grisén, Pedrola, Gallur,… la mañana iba avanzando y antes de las 11 de la mañana debía de llegar a Tudela.

Lo hacía a las 10.45, justo para engullir un plátano + sandwich y grabar este momento. Era hora de retomar cuanto antes el camino y desandar lo andado.

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Murallas de Grisén. Kilómetro 55 del Canal Imperial de Aragón.

A la vuelta el viento de Suroeste me daba de cara. Sobrepasados los 100 kilómetros todo era más costoso. A la altura de Ribaforada me asaltaron pensamientos derrotistas y oscuros: el no podré. Pero Zaragoza se acercaba a cada pedalada. Tenía que entrar a trabajar a las 16.30 y mis cálculos más conservadores me daban las 15.30 como hora probable. Al llegar a casa mi alegría era incontenible, superaba al cansancio. Era por fin un todoterreno.

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kilómetro 43: Pedrola

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Media kilométrica de los 184 kilómetros

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En el Bocal. Origen del Canal Imperial de Aragón (a 7,2 kms de Tudela)

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4 comentarios en “Todoterreno

  1. Me quedo con esto : Siempre habrá un mojón que alcanzar o un horizonte al que llegar……..y seguro que los podemos alcanzar con fuerza de voluntad …que a ti te sobra y mucha.
    Un saludo y me alegro por la recuperación inminente

    • Muchas gracias César. El maratón de Rotherdam del próximo 10 de abril está esperando y, gracias a Dios, la tirada de 30 kms de ayer ha sido muy satisfactoria. La bursitis está contenida y la molestia es soportable.
      Un abrazo
      Juan

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