Valencia nunca falla

Un mal resultado debe ser un excelente punto de arranque para la siguiente carrera. Desde la maratón de Zaragoza del 27 de septiembre habían pasado tan solo 50 días para lamerse las heridas, coger carrerilla y apretar de nuevo los tornillos. Poco tiempo para recomponerse y no morir en el intento. Correr junto a mi hermano Pablo iba a ser un motivo suficiente para intentarlo. Valencia nunca me había fallado y el domingo 15 de noviembre no podía ser menos porque tenía un presentimiento. La familia nunca falla.

Valencia, testigo de los más grandes fiascos y también de los momentos más maravillosos de mis maratones. Mi debut con 18 años en 1990, mi primer sub-4 en 1991, el primer intento serio y frustrado por bajar de 3 horas en 1994, el primer sub-3 en 1997.

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4 febrero 1990

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6 febrero 1994

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3 febrero 1991

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2 febrero 1997

Llegué a Valencia el viernes por la noche. Tenía el convencimiento de que nada podía salir mal. Reforzado por unas últimas semanas de entrenamientos sin sobresaltos, intuía que el planteamiento del maratón de Zaragoza había sido el correcto y, por eso, me limité a copiarlo para esta segunda intentona. Era un problema de cocción, no de ingredientes.

Quería acompañar a mi hermano Pablo en su intento de volver a bajar de las 3 horas. No pudo ser al final. Problemas estomacales dieron al traste con la bonita posibilidad de entrar juntos a meta. Como dijo un amigo suyo: «Sin dramas y sin conformismo». Así se lo ha tomado. Así son los corredores de raza.

Ni el 2.06.13 del ganador, ni las 16.705 personas que la corrieron, ni los más de 200 puntos de animación, ni la sensación de embudo producido por el público, ni el tapete azul de los últimos 195 metros, ni la sensacional labor de los prácticos, ni la climatología sobresaliente del otoño levantino, ni el recorrido plano-plano y con tan pocos giros. Nada de esto hace que yo diga en la anterior entrada ( pincha aqui), :»No diga maratón, diga Valencia», Valencia respira maratón por sus cuatro costados.

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Con mis atletas. Un puñado de sueños que también son míos.

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Los últimos 195 metros sobre el agua

Después de un sábado relajado con la familia y de una pasta party en condiciones, nos presentamos en la salida. Hemos quedado a las 8.20 con el resto de miembros del grupo de entrenamiento. Nos deseamos toda la suerte del mundo. Cada uno a su corral. Minuto de silencio previo por las víctimas de la masacre de París del viernes. Silencio emocionante.

Primeros kilómetros tensos. Riesgos de caídas. Pasamos por el kilómetro 14 en los 59.00 minutos previstos, justo por delante de la casa de mi hermana y cuñado. Mis sobrinos Rodrigo, Alejandro y Santiago nos chocan las manos. Un tercio de carrera. Todo según el plan.

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km 14: una hora de carrera.

La media maratón en 1.29.00. Simplemente es cuestión de seguir a las personas que nos rodean. Así de fácil. Lugares de la infancia, calles con mucho significado para mí: bares, iglesias, parques, monumentos, bibliotecas…hacen que aparezcan en mi memoria amigos de la adolescencia, compañeros de colegio, profesores de universidad…. Mi mente divaga entretenida.

En el kilómetro 25 mi hermano tiene problemas de estómago. Generoso hasta el final, me miente y me dice que se para. Yo, ingenuo, le creo y sigo pesaroso en pos de la meta. El, regulando, llegará en 3 horas y 11 minutos. Una muestra más de su carácter recio y consecuente: lo de las últimas piedras. Nos esperan muchas más carreras juntos.

Pasan los kilómetros mientras mi cabeza intenta recomponer las piezas. Si no acompaño a nadie, ¿qué ritmo debo seguir?

Hace ya unos kilómetros que tengo localizados a dos corredores de Puzol (sus camisetas les delatan). Me parecen fiables y en el supuesto de que uno de ellos aflojase el ritmo lo comentaría sin tapujos con el otro. Están a 80 metros y hago un esfuerzo por ponerme a su estela. Una vez a rebufo, me limito a copiarles.

Llegamos al kilómetro 31 y la cosa se pone fea. Me está costando seguir sus pasos. Me agarro a ellos confiando en mis entrenos de lunes y miércoles en el Parque Grande de Zaragoza. Son 4 kilómetros decisivos en los que la tentación de aflojar me tienta sin descanso. Una niña del público que no tendría más de 12 años, justo al pasar por el avituallamiento del 34, suelta una frase: «sois admirables«. La voy rumiando durante decenas de metros. Me reconforta, me hace mucho bien. ¡Qué clarividencia! Viva la cultura del esfuerzo.

Llegamos a la Avenida del Cid que es cuesta abajo. Es el kilómetro 35 y todo me invita a pensar que está consumado. Me dirijo a la pareja de anónimos acompañantes y les doy las gracias por ser mis improvisados prácticos. Se genera una fraternidad muy propia de maratonianos. Sé que hoy me ha salido «cara». Una vez llegados a la Calle Colón en el kilómetro 39, con furia me dirijo a la meta. Me despido de mis compañeros de fatigas de los últimos 14 kilómetros como si fuera un duelo. Será luego, una vez sobrepasada la linea de meta, cuando les de un profundo y sentido abrazo.

Alcanzamos la Avenida Jacinto Benavente. Exploto de emoción y grito por momentos. Esta maratón la he hecho mía. La he apretado entre mis brazos y a punto estoy de estrangularla. Bajo por la rampa eufórico y radiante a las entrañas del cauce. Llego a la curva, ese maravilloso giro de 90 grados en el que la suavidad de la felpa azul te hace olvidar todo lo que ha costado llegar hasta aquí. Todo vale la pena por vivir ese maravilloso momento.

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Ya está, ya terminó: 2 horas y 57 minutos. Cuando el maratón se da bien deseas que nunca se acabe. Que la alfombra azul no acabe. Los 195 metros saben a muy poco. Es como estar en el Cielo.

Ayer martes recibí un privado de facebook de Alfredo Solano (corredor al que no tengo el gusto de conocer) y que me escribe esto:

«Enhorabuena por tu maratón de Valencia! Te escribo para darte las gracias, sin tú saberlo me hiciste de liebre en los últimos 10 Kms más o menos. Sigo tu blog y páginas de Facebook desde hace mucho y te reconocí. Ibas con otras dos personas del club de Atletismo Puzol. Hasta el km 38 más o menos ibais juntos y yo pegado a vosotros sin separarme. Después metiste un cambio de ritmo fuerte y tiraste e intenté seguirte y lo conseguí hasta el km 41 más o menos, pero siempre te tenía cerca como referencia. Muchas gracias porque gracias a ti yo también bajé de las 3 horas que era mi objetivo, con un tiempo final de 2.56.58».

Leer esto y no emocionarse es imposible. No pude ni quise contener mis lágrimas.

2 comentarios en “Valencia nunca falla

  1. Querido Juan: Leyendo tu articulo tus emociones las hago mías. Enhorabuena por tu bendita locura de bajar de las tres horas. Eres todo un ejemplo para abuelos como yo.
    Un abrazo
    Javier

    • Querido Javier: Qué sería de correr sino fuera por el camino interior. Vivan las emociones, los afectos y las sensaciones que nos proporcionan los kilómetros. Gracias por hacerme saber que no estoy solo en este manicomio.
      Te comparto esta frase de Toni Lastra: » Un corredor de distancia es aquel que ha tenido el coraje de aceptar el reto de llegar a conocer el límite de su resistencia y demuestra en la carrera el valor que se necesita para ser fiel a esa idea».
      Un abrazo
      Juan

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