Respeto, exigencia y cariño.

Hace dos años que imparto atletismo (extraescolares) en el colegio MONTEARAGON de Zaragoza a alumnos de primaria. Desde el primer día me preocupó el facilitarles estímulos que les sirvieran para el día de mañana. Noté el peso de la responsabilidad que supone ser una influencia positiva en su evolución como personas. Intenté no olvidar -rescatar- cuando era niño también y tenía sus edades. Quise evitar las palabras o situaciones que en su día me resultaron dañinas.

Imaginaros cómo fue mi primer día. Horrible es poco. Doce niños cohesionados de 9 años -habían ganado la liga la temporada anterior- y que ante un entrenador nuevo -yo- querían probar dónde estaban mis límites. Salí de la sesión muy desanimado. Pensé -creía que tenía razones objetivas- que la educación no era lo mío. Le envié un whatsapp desesperado al coordinador y me tranquilizó usando sólo dos palabras: Respeto y cariño.

Pasaron los meses y me vi inmerso en la enésima batalla. Cuando tratas con niños, se alternan días maravillosos con otros de mierda. En unos sentía que mi trabajo era útil y otros en los que el castillo de naipes se derrumbaba con una ligera y tonta brisa. El Director de Primaria me repitió que con sólo dos palabras estaría el éxito asegurado: Exigencia y cariño.

He estado muy receptivo a los mensajes que me dan en el colegio porque estoy conformando mi estilo docente. Vi que el cariño tenía que impregnar mi labor, era el mínimo común múltiplo y sin él estás perdido. Lo podemos llamar motivación, pasión, interés, entusiasmo, devoción o afinidad, Si lo poseía, estaría en condiciones de respetar y sobre todo de exigir.

Siento la obligación de respetar y, por tanto, de exigir a mis alumnos. Aunque protesten y precisamente porque lo hacen, lo necesitan. Respetarnos y exigirnos para nuestro crecimiento personal porque todos tenemos defectos y sin duda moriremos con ellos. Sin pactos ni determinismos hemos de luchar por no tenerlos, pero aceptándolos y queriéndolos con deportividad.

Lo que sirve para la educación sirve también para el correr. La de gente que conozco que no se respeta, que come y bebe sin medida, que siempre para ellos hay una buena excusa para moverse en el terreno del “me apetece”, que viven sin límites y por lo tanto sin normas impuestas, son las que más necesitan de mi respeto, mi cariño y mi exigencia.

Hay personas que porque no se exigen, temen exigir a los demás y violentar sus voluntades: los que por comodidad no corrigen los comportamientos incorrectos, los que tienen una moral de conveniencia o de situación, los que no creen en la objetividad de lo correcto. Cuanto más escribo en este blog más necesito ser coherente.

Correr tiene -como discos de vinilo- dos caras. La cara A de lo que mola y es agradecido y la B que representa el esfuerzo, el dolor y lo feo. Las dos conforman el disco entero y no se pueden separar.

Si tienes cariño al correr notarás el agradecimiento correr por tus venas en cada uno de los kilómetros que hagas. Pensarás en la suerte de tener salud, esa que -aunque te cuides del todo- nunca estará en tu mano apropiártela para siempre. Y de ella brotará la necesidad de respetarte y exigirte.

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