El ayuno intermitente

Os voy a ser sinceros, estoy cansado del tiempo que perdemos en quejarnos o excusarnos por las dificultades -como si nos hubieran echado un mal de ojos- para estar en buen peso.

Mis padres -me acuerdo perfectamente- arremetieron en mi adolescencia y juventud contra lo que ellos veían como un culto desmesurado a mi cuerpo. Y no erraban en el diagnóstico porque lo cuidaba con esmero para que me sirviera de herramienta afinada en los trotes veloces y ligeros que me hacían disfrutar tanto.

Siendo joven flipaba hipnotizado delante del televisor -en cada Europeo, Mundial u Olimpiada- al ver cuerpos perfectos, compactos y armoniosos.

Estoy a punto de cumplir 48 años y aunque ya viejo, me regocijo cuando disfruto de mi cuerpo fuerte y ligero. Estamos de paso en este mundo y aunque me quedan menos años aquí de los que ya he vivido, me alegro por haber pasado la década de los cuarenta con una razonable plenitud física y afrontar la cincuentena con la ilusión del que está convencido que lo mejor está por llegar.

Muchos me diréis que he tenido fortuna, que la salud nos es dada y no podemos nada más que agradecerla. No os quito razón. Quizá haya un punto de fortuna en el cuerpo que se nos ha entregado, pero me niego a pensar que estar en condiciones físicas aceptables e incluso óptimas para cada rango de edad es sólo cuestión de azar. A diario compro los boletos que me dan derecho a que me toque la lotería. La forma física no es comparable a, por ejemplo, quedarse calvo de manera precoz o a cuestiones que tienen que ver más con la herencia como la altura o una cierta complexión.

Estar en peso -sintiéndose ligero y fuerte a la vez- es fruto de una constancia vigilancia en los hábitos diarios de movimiento corporal y de alimentación sostenible. Y la llamo sostenible porque no es ni medio normal la cantidad indiscriminada de calorías que ingerimos sin previamente haberlas gastado. Las agresiones que nos provocamos al comer están a la orden del día.

Y vuelvo al principio, estoy cansado de oír en muchas ocasiones a personas con sobrepeso que juran y perjuran que cenan a la plancha y se hartan a ensaladas. Estoy apesadumbrado por corroborar que los que mejor se saben la teoría son los que más se engañan, que los que más hablan sobre esto, más debieran de callar.

Yo lo tengo claro: tengo instalada en mi vida mi diaria ración de ejercicio físico. Ingiero porque gasto. Y os aseguro -maldita sea- que cuesta estar en habitual vigilancia. Soy tan disfrutón que me privo en pos de un bien superior.

Está perfectamente comprobada la influencia de la insulina en nuestra ansia por comer. Y te animo a que practiques el ayuno intermitente.

Para hacerlo tienes que tener una buena dosis de motivación y de sentido común. Te lo digo porque sino acabarás dándote atracones u homenajes y estaremos en las mismas.

Me cuesta hablar de ayuno y en general de nutrición. No soy un experto y lo que sé es por lecturas especializadas y por haber hecho muchas probatinas conmigo mismo.

Es un tema sensible y muy personal. Si estoy en el peso es porque tengo claro que no me compensa estar fuerte (como le gustaría a mi madre). Oscilo como máximo en tres kilos de peso. Es un rango que puedo dominar y que me ha permitido llevar la misma talla de ropa desde mi época universitaria, allá por los años 90.

No me parecen normales los aumentos de 5 kilos o más de peso en un mismo año. Para llegar a ello se ha tenido que claudicar mucho durante demasiado tiempo. A veces coincide con problemas personales: afectivos, laborales, de falta de autoestima, estrés continuado, depresiones, …

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